En estas mismas páginas, el pasado jueves, publiqué un artículo sobre las obras que se están realizando en la rúa O Curro de Noia en el que me dolía de cómo el tiempo va minando el paisaje amado de la vida transcurrida. Al igual que el árbol de la cerviz que nos mantiene en pie va inclinando hacia la tierra su copa y la piel, ese terso celofán que nos envuelve en los mejores días de la juventud, paulatinamente se va plegando sobre si misma, arrugándose y perdiendo su luz, así la piedra que cincelaron hace siglos nuestros mestres canteiros, va poco a poco cediendo su sangre, horadada por la contumaz polilla del tiempo perdiendo su lustre y su imponente belleza.
Pero así como nosotros nos aplicamos en el cuidado de nuestra salud viajando de médico en médico, de farmacia en farmacia y de miedo en miedo, por contra abandonamos a su suerte el escenario en el que desde la infancia, a telón cerrado o abierto, sobre sus tablas de oro representamos el gran teatro de la vida hasta que esta se extingue abrasada por la luz cegadora de la muerte.
Como otros muchos paisajes me ha dado tiempo durante mi breve historia a ver como se desmoronaban los decorados heredados del medioevo abatidos por la desidia, los intereses y seguramente en muchos casos la ignorancia. Yo no recuerdo O Curro tal y como se ve en esa fotografía, pero mi memoria lo evoca con una imagen muy similar. Allí, bajo los soportales, amparados por la solidez de la piedra de los arcos y de las casas, jugábamos horas y horas ocultándonos del frío y la lluvia en invierno y del calor y la asfixia en verano. Sobre sus cantos rodados, lustrosos como el cuero acharolado, quedaron derramados nuestros sueños.
Mientras tanto, inocentes, no nos percatábamos de como la fealdad, la estulticia y los intereses se erigían en reyes de la calle y de un manotazo cruel nos expulsaban del territorio que hasta entonces poseíamos por la gracia del dios de los siglos.
Una primavera, mientras estábamos en la escuela, un río de asfalto se precipitó cuesta abajo inundando la tierra sagrada sobre la que nuestros abuelos corrían por San Bartolomeo las reses bravas del Barbanza. Se comenzaron a levantar casas horripilantes, un ladrillo aquí y otro allá, sin la menor contemplación y el cemento ¡oh, el cemento! sepultó para siempre los cantos rodados que guardaban nuestros secretos. La vulgaridad se fue apoderando de aquella alma condenada y ahora con esfuerzo se intenta recuperar lo hermoso de aquella flor ya marchita. Imposible.
El Concello está tratando de devolver el ánimo agonizante de la piedra a aquel ámbito pero, a mi juicio, los resultados estéticos hieren la sensibilidad y el jeroglífico de su trazado ya ha causado y causará daños físicos a los viandantes. Los vecinos harán bien en debatir con los responsables el proyecto. Ya que es imposible salvar el decorado que hace muchos años otros permitieron alzar, procuren humanizar en lo posible su calle.
No se dejen seducir por el errático vuelo de las gaviotas pues ya se sabe que se han acostumbrado a alimentarse sin esfuerzo de cualquier despojo, acudiendo al punto a disputarse los restos del error. Y si te he visto no me acuerdo.