Nace en analógico, sigue en digital

Begoña Rodríguez Sotelino
begoña r. sotelino VIGO / LA VOZ

FIRMAS

Oscar Vazquez

Los dos hijos de Miguel Fernández Melón relevaran a su padre en su inminente jubilación tras 41 años de trabajo y pasión por la fotografía junto a su mujer, Isabel Ruibal

30 mar 2014 . Actualizado a las 08:00 h.

Miguel Fernández Melón siempre supo que quería dedicarse a la fotografía. Casi desde la primera vez que tuvo una cámara en sus manos. No fue fácil, porque en su casa no les parecía que fuese una buena forma de labrarse un futuro. «Por decreto ley tuve que estudiar una carrera que no me gustaba», cuenta sin querer recordar ni cuál era. La terminó, pero él siguió con su idea en la cabeza. Paradójicamente, fueron sus padres los que le regalaron su primera cámara, una Hasselblad, «la mejor del mundo».

«Poco a poco y con gran suerte, vas haciendo lo que te gusta hacer en esta vida. Yo tenía claro que para comer de esto había que dedicase a hacer lo que te gustaba y lo que no». Así que Miguel nunca soñó con otras aventuras por el mundo disparando su objetivo. No en horario de trabajo. Lo hace y lo ha hecho siempre, pero en las múltiples escapadas que he realizado por los cinco continentes, de China al Polo Norte.

En cuanto tuvo oportunidad, a principios de los 70, a los 24 años, abrió junto a su mujer, Isabel Ruibal, su primera y única tienda en las galerías de Urzaiz. El pequeño centro comercial del barrio de O Calvario fue uno de los primeros de Vigo, aunque cuando él llegó ya había otros negocios, como la librería Lafer. «Yo soy del Paseo de Alfonso, pero me vine aquí porque nos ofrecían un alquiler asequible y el presupuesto para arrancar era poco», reconoce.

En sus tiempos no había escuelas de fotografía de ningún tipo. «Tenías que ser autodidacta por narices. Si le preguntabas a un fotógrafo no conseguías nada. Todo era tabú, había mucho secretismo», cuenta. Así que no le quedó otro remedio que ser autodidacta.

«El fotógrafo nace», opina. «Te podrán enseñar una serie de bases técnicas, que son importantes, claro, pero si tú no ves la luz, nunca harás buenas fotos», sentencia.

Cuando él empezó, y durante más de la mitad de su vida profesional, su mundo era analógico. Hoy, como todos los de su gremio, la tecnología digital se ha comido al laboratorio, al rollo de película, al artesano de la imagen. Pero no del todo. «Hay gente que se niega a dar el paso. Hay clientes, sobre todo mayores, a los que tratas de convencer de que es más fácil ahora. Pero no quieren». Ellos, a su rollo. «Par estos casos se hace un revelado ?entrampado?. Se digitaliza el negativo y se imprime, pero lo que importa es que puedes seguir dando el servicio que te piden, aunque cada vez tenemos más problemas para conseguir carretes, ya que quedan pocos que los fabriquen», cuenta.

Fernández ha vivido una revolución sin moverse de su tienda. «Lo que aprendiste hoy, mañana está superado», reflexiona. Pero también sabe que la popularización de su trabajo llega hasta cierto punto. «Hoy todo el mundo es fotógrafo, teóricamente», ironiza, porque tiene experiencia y sabe que el profesional sigue siendo necesario cuando la ocasión lo merece. «La gente sigue acudiendo a nosotros cuando no quiere arriesgarse», por eso, además de volcar las imágenes cotidianas, realizan fotos de estudio y cubren ceremonias como miembros de esa gran cadena de corresponsales de la BBC (bodas, bautizos y comuniones).

Sus dos hijos, Miguel y Jacobo, crecieron en la tienda y nunca dudaron en continuar la labor de sus progenitores. Pero optaron por la formación familiar. «La escuela de papá y mamá», indica el fundador de la tienda, que se confiesa feliz por haber tenido la determinación de luchar por lo que quería. Pero este año se jubila y tampoco oculta las ganas que tiene de liberarse de horarios comerciales para seguir practicando su pasión, haciendo fotos en países lejanos, libre de ataduras.

Negocios con historia miguel fotógrafo