Local no apto para supersticiosos

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monica ferreiros

A Casa do Demo, en Pontebeluso, es parada obligada a la hora del vermú

16 mar 2014 . Actualizado a las 07:00 h.

Dicen que más sabe el diablo por viejo que por diablo y, en cuestión de hostelería A Casa do Demo tiene experiencia de sobra. Se trata de un bar que abrió sus puertas en los años cincuenta, cuando las tabernas tenían ese encanto que hoy pocos establecimientos conservan. Retales del pasado todavía cuelgan en sus paredes, donde las fotos antiguas también forman parte de la decoración. En ellas cobra un gran protagonismo Constante Rivadulla, el fundador, junto a su mujer, Coralia Díaz, de este negocio que todavía es parada obligada a la hora del vermú, y para comer, cenar, jugar una partida de cartas...

Es A Casa do Demo un local no apto para supersticiosos. Cada 22 de diciembre se juega el mismo número al Gordo de Navidad: el 49666. Las tres últimas cifras, por ser la combinación del diablo, y las dos primeras por ser la edad a la que murió Constante. Cuenta su hija y actual responsable del negocio, Fina Rivadulla, que el nombre del establecimiento se lo pusieron unos vecinos de Rianxo que decían que de tan chistoso que era su padre, a veces parecía el mismísimo demonio. Hacía auténticas falcatruadas y llegaron a regalarle un rótulo que bautizó al local y un libro de reclamaciones muy particular.

Trabajo en familia

«No quería saber nada de estudiar y lo de estar detrás de la barra no se me daba mal». Así explica David Pérez, nieto del fundador y actual responsable del establecimiento junto a su madre, Fina Rivadulla, como comenzó su aventura hostelera. Todavía era un adolescente y hoy asegura que lo de trabajar en familia tiene sus inconvenientes, pero sobretodo muchas ventajas. Se entiende a la perfección con su madre, que pasa la mayor parte del tiempo entre fogones preparando algunos de los platos que han dado fama al bar. Berberechos, arenques o callos, entre otros, siempre al estilo más tradicional.

Casa do Demo estuvo unos años cerrado para fastidio de sus clientes. En los años 80, cuando murió Constante Rivadulla, cerró sus puertas. Volvió a abrir a mediados de los 90, como un local reformado que hoy cuenta con una terraza espectacular donde caben 300 personas.