A la presidenta de Hostelería Nocturna ya no le ilusiona el gremio
24 feb 2014 . Actualizado a las 07:00 h.La rúa Caldeirería por la corriente humana, el tránsito y el bullicio que se observa en esta calle.
Inma Rúa hizo el Camino de Santiago dos veces, de niña, antes de recalar en Compostela. Vino a estudiar Derecho cargada de vocación, aunque no tanto para ser abogada («no encontré ningún abogado bueno en treinta años») como para labores de asesoramiento jurídico. Su sueño es trabajar en la ONU. Estuvo a punto de hacerlo en Acnur (en Malta) pero ya tenía a sus espaldas un local hostelero.
Y lo montó porque siempre quiso ser autónoma y autosuficiente, y porque le pareció una labor relativamente fácil. ¿Fácil? «Ahora opino que es un oficio duro y fastidiado, para el que hay que estar muy preparado», dice Inma. En Caldeirería, 26, se fue un italiano y le dejó el local, que empezó a regir con mucha ilusión: «Siempre aposté por no convertirnos en un simple abrevadero, sino por albergar iniciativas culturales».
Como otros locales, ofrecía conciertos. Y lo sigue haciendo, aunque el actual gobierno local desanduvo el convenio firmado por el anterior y solo la permisividad facilita a los pubs aportar cultura y hacer que muchos jóvenes («la juventud no está apagada, sino muy viva», dice) puedan expresar su hacer artístico.
Pero la vida de un hostelero, como la de cualquier autónomo, está poblada de espinas. Las restricciones afloran por doquier, y los escarmientos también. A Inma acaban de imponerle una multa de 200 euros porque tres turistas se marcharon con sendos botellines del local y un policía local lo vio. «No puedo tener a una persona de seguridad en la puerta», lamenta.
Con una mochila cargada de ilusiones, Inma asumió la presidencia de Hostelería Nocturna: «Accedí joven, con ilusión, porque creo en el asociacionismo y en que la unión hace la fuerza». Pero pronto se apercibió de que Cidade Vella iba por un lado, Hostelería Nocturna por otro y los grandes hosteleros guerreaban con ellos «cuando deberíamos estar todos integrados». Compaginar intereses se volvía «prácticamente imposible». Y en la propia asociación que presidía luchaba por obtener mejoras «cuando la crisis lo que hacía es que cada uno se preocupase por sus negocios».
Conclusión: «Me siento decepcionada». Ella misma se ve falta de fuerzas, agobiada y con una familia que atender: «He decidido tirar la toalla porque con mi ritmo de vida es imposible que una mujer compagine la vida laboral y la asociativa».
Harta
Las secuelas van más allá de la presidencia de la asociación: «Estoy intentando dejar la hostelería porque no son compatibles el horario nocturno y la vida familiar, y porque estoy harta de pelear contra gigantes y sistemas. Yo lo que quiero es trabajar».
Ser autónomo es hoy una especie de difícil supervivencia. «Estamos muy puteados». La estratosférica subida de la cuota de la seguridad social, fruto de la insensibilidad del poder, es la puntilla a esta gente: «Pero además de eso tenemos un nivel de exigencias difícil de asumir. Y no podemos repercutir los costes en el consumidor porque no tendríamos clientes. Yo tengo tres empleados y pago 1.500 euros a la seguridad social, además de sueldos y demás gastos. Es muy difícil resistir. No tengo ganas de seguir peleando. Hay que trabajar muchas horas y pelearse con el sistema».