Antonio Rosales encarna la cuarta generación de una empresa que fundó su bisabuelo, el madrileño Ricardo Rosales, y que comenzó tapizando los asientos de los carruajes
29 dic 2013 . Actualizado a las 07:00 h.Junto a su esposa y sus hijos, el madrileño Ricardo Rosales se trasladó en 1909 de la capital a Vigo para montar un negocio de tapicería que instaló por las inmediaciones de la calle Areal. A principios del siglo XX, el gremio era completamente distinto al actual. Existía, pero entonces eran otras las encomiendas que les ocupaban. Por ejemplo, según indica su bisnieto, Antonio Rosales Rodríguez, hoy al frente de la empresa, «empezaron tapizando los asientos de los carruajes».
De todos los vástagos del patriarca, solo uno siguió sus pasos, aprendió con él y con el tiempo se estableció en la calle Oporto, donde ya adquirió mucho renombre, trabajando tanto para clientela local como internacional. «Los portugueses eran grandes clientes. Se hacían los tapizados de los coches de allí, aunque entonces había poquísimos automóviles. Se hacía en el propio día. Los dejaban y se marchaban con ellos listos», explica. Esa faceta se perdió, lógicamente, con el propio desarrollo del sector de la automoción.
La empresa de Antonio Rosales, que encarna ya a la cuarta generación, hace mucho que ha dejado atrás ese quehacer y otros que también pertenecen al pasado. Sus progenitores, Antonio y Albina, ambos ya fallecidos, realizaron encargos de envergadura, como los telones del teatro García Barbón o los del Teatro Fraga cuando ardió. «Trabajamos para una gran empresa durante muchos años y por ello estuvimos un poco alejados de los clientes a pie de calle, pero ya hace muchos años que nos dedicamos a los particulares», explica. Su padre también amplió el negocio con un taller de pintura y en esa corta etapa pintaban autobuses y maquinaria de conserveras. El proceso de cambio comenzó a principios de los 90. Su parcela, ahora, es el hogar y últimamente aumentaron la oferta con alfombras, papeles pintados y algo de muebles.
En su ubicación actual, en Teis, se establecieron en 1973. «También tuvimos una tienda de decoración en la calle Nicaragua, que cerramos hace cuatro años», apunta el profesional, que trabaja codo con codo con su mujer, Esperanza Rivadulla.
La profesión de tapicero requiere una formación artesanal y la escuela de todos los Rosales ha sido la familia de la que también forma parte su tío con tienda abierta en la calle Santa Marta, pero también ha sido la academia de otros apellidos. «Por aquí pasaron muchos profesionales que luego montaron su propio negocio», cuenta. Él sigue la misma costumbre, porque en ocasiones también tiene aprendices a su cargo.
La forma de trabajar cambió mucho desde que empezó con su padre entre martillos y tenazas. «Por ejemplo, no tiene nada que ver con cómo se hacían las cortinas hace 40 años. Tampoco se hacían estores y hoy existen muchos tipos de cintas fruncidoras y de confección». En su opinión, la tapicería, en general, mejoró. «Antes se usaban mucho los muelles, que se sustituyeron por las cinchas, y hay una gran evolución en materiales como espumas y gomas de diferentes densidades que jubilaron a la pluma». De todas formas, el suyo es un taller artesano. «Seguimos haciendo muchas cosas a mano aunque tenemos bastante maquinaria. Las máquinas de coser también evolucionaron mucho», asegura.
El relevo de la cuarta generación está difícil. La pareja tiene una hija que echa una mano, pero sus intereses profesionales se dirigen hacia el sector sanitario.
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