Teorema de la destrucción

Maxi Olariaga MAXIMALIA

FIRMAS

08 dic 2013 . Actualizado a las 07:00 h.

La barbarie siempre lo intenta. Una y otra vez se esmeran hasta el espasmo en enmudecer la voz que no callará jamás. La voz del pueblo es eterna, no tiene fin ni principio, nace como los ríos en la fuente de la vida, esa que se halla en el centro de la tierra, en lo más profundo de su alma ardiente y habla con lengua de fuego. León Felipe lo sabía: «Mía es la voz antigua de la tierra. Tú te quedas con todo y me dejas desnudo y errante por el mundo. Mas yo te dejo mudo. ¡Mudo! Y ¿cómo vas a recoger el trigo y a alimentar el fuego si yo me llevo la canción?». Así cantaba el poeta a su enemigo, aquel que pretendía robarle la palabra, despojarle de la voz antigua de la tierra. Así fue y así seguirá ocurriendo.

Para silenciarnos usan las leyes cargadas de napalm y dinamita para arrasar las bibliotecas, los teatros, las pinacotecas y los museos. Persiguen a los artistas porque desenmascaran su impostura. Apuestan todo su dinero sobre la verde ruleta de los grandes estadios desnaturalizando la pasión, el ocio y el descanso que proporciona el deporte ahora usado como competencia indigna y desleal, como plataforma lanzadera de odios primarios y tribales.

De vez en cuando veo en los informativos la fabricación en serie de bienes de consumo. Grandes robots de brazos insensibles abren, llenan y etiquetan latas de conservas que corren sobre una cinta sin fin. Lo mismo ocurre con los billetes de banco, las bombillas, los automóviles. Todo un desfile de seres inanimados que circula sin la menor sensibilidad por una ruta previamente marcada por un gran ordenador central carente de todo sentimiento que compra, vende, cambia o destruye a conveniencia según los beneficios caigan o asciendan en el gran panel electrónico omnipotente y sabio que nos atenaza con sus heladas manos de coltán empapado en sangre derramada en las guerras por su posesión.

Ese patético desfile de productos me evoca siempre la creación del hombre moderno. No parece que seamos otra cosa que seres humanos sin memoria, sin interés alguno por el cultivo del sentimiento.

Fabricados en serie por el Gran Hermano perseguimos febriles el consumo preferente que se nos ha inoculado en algún momento del proceso de fabricación y buscamos la etiqueta, el color, el dibujo y hasta el precio para lucirlo frente a nuestros hermanos. Abandonamos el pueblo y embarcamos hacia el Caribe porque «se lleva» y no por el ya muerto y enterrado innato afán de aventura. Leemos novelas nórdicas mientras «se lleve» para estar al día en fatuas tertulias mientras «no se lleve» la lectura compulsiva de páginas blancas. Ese es el teorema.

La solución reside en ese ser humano de la fotografía. Ha resistido el bombardeo y, en lugar de apuntarse a los alienados que siguen las banderas victoriosas, se sienta sobre el escombro de voces y versos y lee asombrado como todo lo ocurrido hacía ya mucho tiempo que estaba anunciado en los libros que siempre sobrevivieron a la barbarie. Podemos vencer. Podemos rebelarnos y salir de la cadena. Podemos proclamarnos libres. Podemos volar y hacer piruetas en las nubes hasta que el espanto ciegue para siempre a los que están arruinando la tierra.