Ricardo destaca el papel del instituto Xelmírez I por su innovación educativa
02 dic 2013 . Actualizado a las 07:00 h.Cualquiera de los perfiles de Ricardo Gurriarán serviría para un reportaje, o incluso más. Músico aficionado, sindicalista, político, docente, motero impenitente, amante de los deportes de naturaleza, historiador de los profesores represaliados en la USC tras la Guerra Civil... Nació en O Barco, hijo de médico represaliado, cuya brillante trayectoria en los laboratorios de Negrín de Madrid se truncó con la llegada de la dictadura. Se define profesor de Educación Física por vocación, «o meu pai sempre nos imbuíu o tema naturista, montañeiro e da práctica do deporte». Esta vocación lo llevó a formar parte de la quinta promoción de la recién creada titulación de Educación Física en Madrid, que en los 70 aún intentaba trasladar el espíritu del frente nacional. «Eduqueime nos efluvios dos estertores da ditadura», afirma Gurriarán, quien añade que el director del centro, José María Cagigal, era un hombre «cun sentido liberal, tolerante, que permitiu poñer en marcha ciclos de Buñuel ou do neorrealismo italiano».
Ricardo Gurriarán Rodríguez
60 años
Doctor en Historia, profesor de Educación Física jubilado
«Porque me acabo de xubilar e estiven no instituto Xelmírez desde o 77 ata a miña xubilación, un centro que pasou por San Xerome, a praza do Instituto e San Caetano ata chegar aquí»
En la ciudad universitaria en Madrid «todos fixemos o noso bautismo de sangue». Eran años de efervescencia dentro del mundo universitario y el gusanillo del asociacionismo y el sindicalismo le llegaron bien joven. Tras haber militado en un partido trotskista, ya desde el 76 formó parte de la Federación do Ensino de Comisiones. Al finalizar la carrera, en el 75, se vio con ofertas de trabajo en Madrid y Santiago, pero la que entonces aún era su novia y más tarde se convertiría en su mujer estudiaba Medicina en Compostela, así que no lo dudó.
Comenzó a dar clases en Peleteiro, pero desde 1977 fue profesor del instituto Xelmírez I hasta que se jubiló el curso pasado. Treinta y seis años de docencia en el mismo centro dan para mucho, hasta para ser profesor de tres generaciones, hija, madre y abuela. Está más que orgulloso de sus años en este histórico centro, «que foi un adiantado da reforma educativa». Recuerda Ricardo las salidas al exterior, las marchas de montaña, los estudios comarcales, el fomento de la utilización del cuerpo como vehículo de comunicación en las clases de educación física. De ahí la frustración de ver «como en tres anos vaise todo o que se fixo en 35 anos, todos os dereitos polos que loitamos, e sen horizonte de fin e reversibilidade aparente», afirma.
Al fallecer su padre, que no hablaba de política, se interesó por su pasado y por cómo la dictadura truncó su carrera científica y clínica. Así que decidió meterse de lleno en la investigación de los represaliados por el régimen franquista en las facultades experimentales de la USC. Leyó su tesis en el 2004, y asegura que en la Universidade la represión fue «cuantitativamente igual, pero cualitativamente máis morna que noutras», una cierta tolerancia que achaca a un sentido corporativo de protección de la gente y al interés que para el Régimen tuvieron el laboratorio de medicamentos que había en Fonseca y a las útiles infraestructuras hospitalarias con las que contaba una universidad con una prestigiosa Facultade de Medicina.