«Yo nunca pienso en el lector»

Luis Goytisolo, autor de «Antagonía» defiende la novela, detesta leer en pantallas, se siente reconocido y considera muy creativa su labor en la Academia


Redacción / La Voz

Acaba de regresar de Panamá, adonde acudió al Congreso Internacional de la Lengua Española, y ayer participó en A Coruña en el ciclo Libros en directo. Académico de la RAE del que periódicamente se habla como candidato al Nobel, obtuvo el premio Anagrama de Ensayo 2013 por una obra en la que ahonda en la Naturaleza de la novela.

-¿La novela sigue teniendo hoy un sentido, una función?

-Hasta ahora ha tenido una gran función: si uno quiere saber qué pasaba en la Rusia de la invasión napoleónica mucho mejor que un libro de historia es leer Guerra y paz. Mientras que la filosofía y el progreso científico se basan en rectificar lo que antes se daba por bueno, en literatura todo permanece. ¿Qué pasará en el futuro? No soy un adivino, pero algo surgirá. En cada época ha habido un género adecuado a lo que llamo hábitos sociales, y a los que doy mucha importancia. Antes de la imprenta, la escritura era pensada para una lectura oral. Para la novela ha sido fundamental la imprenta porque para enfrentarte a ella debes leerla solo; no puedes oírla, es inviable. Esperemos que no se acabe [ríe].

-¿Y el libro de papel sobrevivirá? Decía Vargas Llosa en Panamá que las pantallas aplanan la creatividad literaria y la construcción de la conciencia crítica, y que el libro de papel se salvará porque atesora unos valores que el soporte digital nunca tendrá. ¿Qué opina?

-No lo sé. La gente sigue prefiriendo con mucho leer libro de papel. Solo un 2% lee en tableta. Y coincido con Vargas. Para mí es muy desagradable leer textos en pantallas, aunque estén adaptadas. Yo prefiero pasar página cuando avanzo en la lectura, pero las generaciones futuras a lo mejor no. Son hábitos.

-¿Recomendaría a un joven leer a los clásicos grecolatinos?

-Sí. Ahí también está el valor de lo oral, prosa para ser oída. Me gustó mucho Hesíodo, la Teogonía, es divertido. Y Homero, por supuesto. El banquete de Platón parece casi una novela. Me gusta mucho Historias de Tácito, es estupenda; es un creador, a veces me recuerda a Faulkner. En general, y aparte de Horacio y otros clásicos, recomendaría a los poetas Juvenal y Marcial, son muy divertidos, incisivos, irónicos, y muy metidos en el tema erótico.

-¿Al escritor debe preocuparle cautivar al lector?

-Yo no pienso nunca en el lector, en absoluto. Pienso que hay lectores a los que puede gustar lo que escribo. Pero no hago concesiones, porque lo que les gusta precisamente es mi forma de escribir. No intento caer simpático al lector. Confío en que perciba que lo que digo tiene que terminar de interpretarlo. Nosotros, constantemente, estamos interpretando la realidad. En literatura es un error darlo todo muy mascado, explicado. Es un latazo. Tal vez haya gente a la que le facilite la lectura que le den todo tipo de detalles. Un personaje gracioso tiene que resultarlo sin que yo avise al lector.

-¿Cuándo halló su camino?

-Empecé a escribir Las afueras, que se va a reeditar ahora, cuando era menor de edad. Y se publicó cuando tenía 22 años. Yo aún no tenía estilo. Me adapté al realismo objetivo de Hemingway, Pavese, porque me parecía la mejor forma de encontrar mi propia voz. Lo conseguí al cabo de un tiempo. En mi segunda novela ya intuí un estilo que me iba bien. Que fraguó en Antagonía, y a partir de entonces...

-Y ya está...

-Se produce un cambio a partir de Diario de 360°. Hice un planteamiento distinto, con un estilo un poco diferente, al introducir un elemento maravilloso. Cosa bastante rara en los autores, porque casi todos cuando logran su propia voz ya se quedan ahí. Bueno, Joyce, no tanto: sus primeras novelas son una cosa, Ulises, que está muy bien, y después viene Finnegans Wake, que no puedo con ella, y creo que nadie.

-¿La ambición de «Antagonía» fue un lastre para seguir?

-Claro, me dije: ??ya te puedes jubilar, ¿qué más vas a escribir???. Pero se me fue pasando. En los 90, en mi época de realizador de documentales, escribí novelas más ligeras. Alguna tuvo mucho éxito, lo cual quiere decir que, si quisiera, hubiera podido ser un best-seller. El placer licuante tuvo nueve ediciones, aparte de las de bolsillo, clubes del libro y estas cosas. Unas fueron bien y otras no. Pero son novelas dignas. No me avergüenzo de ellas.

-¿Se siente reconocido?

-Por un sector de lectores, reconocido, comprendido y apreciado. Que no sea mayoritario es secundario. El caso es que existe.

-¿Aprovechando las reediciones, se plantea hacer cambios?

-Jamás cambio nada, ni una coma, salvo que sea una errata.

-¿Qué opina de la literatura de evasión?, ¿y del género negro, el único con buena salud?

-Tendrán su público, pero yo no me cuento entre ellos. Ahora, hay novelas más de entretenimiento, como las de Patricia Highsmith, que leo bien. O Le Carré, un escritor de verdadero talento. El género policíaco en sí mismo no me atrae. Había leído a Agatha Christie de chico, y a un tal Van Dine, que ahora ha pasado de moda. También a Hammett; su estilo sí me gusta, ese realismo objetivo, pero no puedo decir que me entusiasme.

-¿El escritor debe intervenir en la realidad?

-Por mí, puede vivir aislado en su torre de marfil. O intervenir. Pero no me parece obligado, ni mucho menos. En mi obra, como cosa de fondo, está la realidad. Procuro incluso diluir el lugar, no quiero ser el cronista de lo que pasa en una zona.

-¿Estar en la Academia es una experiencia enriquecedora?

-Sí, enriquecedora. Y para mí es en cierto modo un deber. He estado casi siempre en las comisiones de reforma del diccionario, y hay tantas acepciones que corregir o cambiar o añadir, que la tarea me parece muy interesante. Todo lo que sea enriquecer o actualizar es muy importante. Es un trabajo que no me resulta nada pesado; es más, lo encuentro muy creativo.

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