«El aprendizaje es continuo»

Del alemán obligatorio en Ourense al trabajo en la capital germana


ourense / la voz

Sin tener nada claro por qué, Paloma Guede Vázquez (Ourense, 1984) se encontró en Secundaria con que en su colegio, Franciscanas, el alemán era el segundo idioma obligatorio en los primeros cursos. Y entre que le gustó, que la profesora -Cristina Bravo, recuerda- hizo bien su trabajo y que su madre no dejaba pasar la ocasión de llamar su atención sobre la importancia de los idiomas, acabó con dos años más de alemán como asignatura optativa. De aquel prólogo a trabajar en el departamentos de actividades y promoción de un gran hotel, eso que ahora se llaman eventos con carácter general, mediaron unos años, más estudios, una beca, una primera estancia en Berlín y una segunda. Ya sin el paracaídas de la formación, «para probar suerte y buscarme la vida, pues la ciudad me había enamorado por su gente, por su multiculturalidad y su hospitalidad, que parecía impropia de una capital en reconstrucción y muestra de su apertura social». Le ha ido bien. Allí sigue.

Los estudios de alemán están bien, pero le resultaban insuficientes. Cuando regresó, lo primer era mejorar el idioma. Empezó a trabajar en un restaurante y al percibir que el idioma ya no iba a ser una traba, le surgió un puesto de trabajo en el departamento de recepción de un gran hotel, una marca sólida de capital español, donde laboralmente ha progresado y donde se siente a gusto y respetada.

Paloma Guede sabe que no se fue de Ourense a Berlín ni por casualidad, ni huyendo de la crisis, ni buscando algo que no hubiera aquí. «Si trabajas en el extranjero, en Alemania y supongo que en cualquier sitio, estás en continuo aprendizaje y no solo de tu profesión, sino también a nivel personal. La cultura no es la misma y el trato tampoco es comparable. No siempre es fácil adaptarse, tampoco voy a negarlo, pero la recompensa es grande. Sé que cuando vuelva contaré con aptitudes mayores, mejores, de las que tendría si no hubiese dado el paso de salir».

Paloma no olvida -«es como si fuera ayer»- que llegó a Berlín el 30 de enero del 2009. «No pensaba que pudiera estar tanto tiempo. Cuando me preguntan si me gustaría quedar para siempre, aún digo que no, pero no lo sé, dependerá de las oportunidades laborales». Mientras, en la distancia, la familia son los amigos. Casi todos son españoles, aclara. «Los amigos se convierten en un pilar importante de tu vida, pues, a pesar de todo, no dejamos de ser los de fuera».

¿Lo peor de Berlín? «El invierno, ya no solo por el frío, que también, sino, sobre todo, por la falta de luz. Es una oscuridad permanente que te acaba apagando por dentro. Es en esos momentos, sobre todo ahí, cuando valoras la presencia de los amigos, de ese grupo que se acaba convirtiendo en tu familia. Entre nosotros, de hecho, nos llamamos así, familia, pues en cierto modo lo somos».

La morriña, de todos modos, se palpa. «Te comunicas con tus padres, tienes el Skype, acabas viéndolo como algo normal, pero es duro. De no haber sido por su apoyo incondicional nunca hubiera sido capaz de aguantar tanto. Miro hacia atrás y me siento orgullosa de mí misma. Ver a mis padres con la misma sensación, es una experiencia de la que nunca me cansaré».

paloma guede vázquez empleada en un hotel de berlín

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