Las almas varadas

Maxi Olariaga

FIRMAS

Esta foto es actual. Pero mágica. Hace muchos años yo, tal vez usted también si tiene la edad suficiente, creía en los milagros. A mi me traslada a la niñez su luz, su desnudez, su sequía. Era tiempo de milagros, de sucesos inexplicables y de sueños posibles. Éramos niños de ocho o diez años y cruzábamos ese puente con la dosis de locura íntima que puede contener el corazón de un equilibrista latiendo sobre una maroma que volara sobre las cataratas de Iguazú.

Salías de Noia cruzando el río y te adentrabas en la amazonia salvaje del Monte do Bolo y A Carretera Nova. La civilización quedaba a tus espaldas y la aventura comenzaba persiguiendo a los lagartos que recorrían confiados los muros de su despoblado reino. Jugaban contigo al escondite entre las moras y, como iguanas adolescentes, te miraban a los ojos sin miedo. Esquivando la cruel lapidación inocente que manaba de nuestras manos, sobresaltaban a las presumidas mariposas.

A lo lejos, en la charca de San Lázaro, oíamos croar a las ranas y nos quedábamos absortos viéndolas inflar orgullosamente el papo. Las ranas nos miraban indiferentes y hasta despectivas mientras armábamos el arco fabricado con las ballestas de un paraguas oxidado. Era nuestra solución final. Matar, eliminar a todo lo que se movía.

Tuve camaradas capaces de abatir a una urraca o a un gorrión posado en el sexto piso, derecha, de un eucalipto gigante con un tiratacos. Luego, cuando tenías entre tus manos el cadáver aún caliente y envuelto en su edredón de plumas, te entraba la congoja y se te aparecía en sueños durante un mes para hacerte purgar el sacrilegio.

Más de medio siglo después, aún invade de madrugada mi dormitorio un estornino helado que picotea mis ojos y bebe el sudor de mi frente. Así pago por traspasar la frontera de su mundo. Allí él vivía para enseñarme a volar. A veces nos citábamos en el erial para combatir con los habitantes de extramuros y a fe que siempre volvíamos a casa derrotados por la estrategia innata de sus ejércitos. El Veriscrom y los besos resucitaban el orgullo, y el esparadrapo embellecía nuestra piel abierta. Heridas de guerra para héroes sin laureles, marionetas abatidas por un estúpido sentido del honor.

De vuelta a casa, al cruzar el puente, me encontraba con los ojos de un hombre que tras la reja de la cárcel imploraba un saludo, tal vez una sonrisa. Yo me detenía y me asomaba a la baranda contemplando las barcas sin alma que dormitaban sobre el lecho revuelto de la bajamar. Luego miraba al hombre preso y me daba cuenta de que daría su vida por abordar una de ellas y perderse en el océano camino de Cuba.

Recuerdo que un día le conté a mi abuelo Pepe la historia del hombre preso que me miraba tras la reja insuperable de sus sueños. Me contestó: «Tal vez esté esperando a que suba la marea. Puede que llegue a Cuba o a Buenos Aires. Pero, aún así, nunca será libre porque vivirá toda su vida en la celda de su pasado». Hace unos días las barcas seguían ahí. El hombre y su celda hace ya mucho que fueron abatidos por el tiempo y solo yo los recuerdo cuando cruzo el puente y me enfrento a un desierto abarrotado de edificios, de coches y de almas varadas.