Nieves hizo la primera ruta a Fisterra desde Francia con dos años, y su hermana Eva, que tiene ocho, ya va por la tercera caminata de más de mil kilómetros
06 sep 2013 . Actualizado a las 07:00 h.El porqué, eso que nunca se le pregunta a los peregrinos, en el caso del francés Hubert Denhant encierra explicaciones religiosas, místicas y humanas, que lo han convertido a él en una pieza inamovible del Camino de Santiago y a sus dos hijas, en ejemplos de precocidad y persistencia difíciles de superar. La trágica muerte de Tisem (sonrisa en lengua bereber), un niño de cinco años al que Humberto -que así lo conocen en la ruta- estaba muy apegado, desencadenó una serie de coincidencias que encontraron respuesta en Fisterra.
Antes de pensar siquiera en ese primer Camino, visitó un monasterio próximo a su casa de Brahic, en Ardèche, al sur de Francia. A la salida, un peregrino le entregó un palo que, supuestamente, ya había hecho dos veces la ruta a Santiago, y, al bajar de esas mismas montañas en la que residía el niño fallecido, un viejo amigo le regaló un libro titulado Las estrellas de Compostela.
Su apego a la religión y su querencia por la importancia de las pequeñas cosas lo pusieron en la pista. Tenía que hacer el Camino, y ese mismo verano del 2003 lo completó sin dinero «porque no podía quitar del que hacía falta en casa» y sin pedir, ya que «no era ningún mendigo», aunque la aventura le costase bajar de algo más de 50 kilos a solo 37. Ni siquiera sabía bien por qué caminaba hasta que se quitó las botas en el cabo Fisterra y en el interior de una de ellas, los panfletos para mitigar la humedad, dejaron pegado un trozo de papel en forma de sonrisa.
Una simple anécdota para cualquiera, pero no para Hubert, que desde entonces se dedica cada verano a traer a la Costa da Morte a aquellos que, como el niño que «consideraba un hermano pequeño», no pudieron hacerlo. Ha acompañado a un enfermo de sida, un chaval que trataba de quitarse de las drogas, otro traumatizado por el cáncer de su padre e incluso a un tetrapléjico que recogió en el centro de Francia, a más de 1.700 kilómetros del destino. Este año viene con él Benjamin Duplessy, un joven de 17 años que quería hacer la ruta con su madre y no pudo, pero las principales acompañantes son sus dos hijas. Neige (Nieves, en el castellano que habla con fluidez) vino por primera vez con dos años y medio sobre la mochila de su padre y acaba de completar el séptimo Camino, con solo 11 años, después de 90 días a pie. Cuando vio el Atlántico, en aquella visita inicial, preguntó «dónde está la otra orilla del río», pero ahora hasta ejerce de hospitalera y corrige a su padre sobre los amigos que hicieron en Villares de Órbigo (León).
Eva, que ahora tiene ocho, va por la tercera ruta seguida y, como ella dice, es «la más pequeña y la que marca el ritmo», que incrementa «cuando se acerca la comida».
Ambas exhiben un comportamiento envidiable y, por si alguien tuviese dudas, están entre las primeras de sus clases, a las que se incorporan esta misma semana. Incluso aprenden kárate con los hijos de los gendarmes -el equivalente a la Guardia Civil española- que están entre los mejores clientes de la huerta ecológica de sus padres. El año que viene volverán. La directora de su colegio ya les ha dicho que puede coger unos días, y ahora el reto es que las acompañe su madre, que estos años ha tenido que quedar al cargo de la empresa familiar.