Lo que a primera vista no me llamó la atención en absoluto (incluso, tengo que decirlo, en un primer momento me desagradó) se ha ido convirtiendo a lo largo de estos días en algo en lo que centrar mi mirada y mi pensamiento. Es cierto que la primera vez que vi las piezas de metal de Manuel Ángel Méndez Bellón lo hice a vista de pájaro, o lo que es lo mismo, desde la barandilla de arriba del centro comercial Odeón, y lo cierto es que no me dijeron nada, claro que, esta no es la mejor perspectiva para mirarlas. De frente es como mejor se aprecian estas piezas, de tú a tú, abriendo mucho el campo de visión, y abriendo más si cabe nuestra capacidad para entender y reconocer un ejemplo auténtico de Arte Brut.
Méndez Bellón lleva 15 años haciendo esculturas y lo hace sin ninguna pretensión artística, sin apenas conocimientos de arte y desde la seguridad de que es algo que le encanta hacer, pues le llena su tiempo y le satisface. Dice que le gusta dotar a sus piezas de un tono irónico y divertido y que lo único que sabe de arte es que le gustan algunos cuadros de Dalí. No se puede ser más sincero, y esto se agradece, sobre todo porque este gesto dota de una necesaria honradez a toda su obra, honradez que se convierte en uno de sus principales valores.
Dalí no sé, pero Dubuffet estaría encantado de descubrir un ejemplo tan clarificador para su teoría sobre el Arte Brut; un ejemplo de que dentro de cada persona viaja también un artista sin tener que pasar necesariamente por la enseñanza académica. Nuestro artista es en realidad chapista en un taller y es en su tiempo libre cuando se dedica a la creatividad. Esculturas, todas ellas metálicas, realizadas con restos de chapa, soldadas, pintadas e incluso con añadidos de objetos que acabarían en la basura, constituyen el grueso de la muestra. Lo bueno es que el autor no hace un intento de búsqueda estética en su trabajo, sino que confía en su capacidad y en los materiales que conoce, no busca florituras que acabarían estropeando el conjunto, deja que su experiencia y sus materiales hablen en el idioma que tienen que hablar.
La tosquedad, lo elemental del tratamiento del material nos acerca a cierto primitivismo que recuerda al picassiano; pero también a aquella cara de toro, del mismo Picasso, en donde sus piezas recuperadas de una bicicleta vieja pasan a tener otra función que incluso podíamos hablar de Ready Made.
Es curioso ver lo cerca que pone a las personas la creatividad y muchas veces y según en qué ámbitos los aleja el academicismo. Me ha gustado mucho tener de nuevo la sensación de haber descubierto algo bueno, algo que hace que me reafirme en mi teoría de que todo el mundo merece la oportunidad de exhibir sus creaciones con la seguridad de que algo interesante mora en ellas, y sobre todo con la esperanza de que no está todo dicho.