El constructor sigue fiel a San Blas y va siempre a las fiestas andando
29 jul 2013 . Actualizado a las 07:00 h.Alfredo nació en el 33 de Castrón D? Ouro, rúa empinada. Pero el niño prefería lanzarse por el Hórreo hacia Sar sobre unos carritos con bolas. Recuerda a las enchedeiras que llenaban los calderos de agua para llevárselos a sus señoritos o las fiestas de Nuestra Señora, que eran «estupendas». También San Blas le atraía y le sigue atrayendo. No falla a la cita: «Todos os anos vou sempre a pé dende o centro a Sar para ver o entorno e as casas onde estiven». Como buen diablillo, Alfredito se subía con sus amigos a las traseras de los coches. Sufrió algún percance incontable en casa.
Tras salir de las aulas del colegio de Oliveira, y luego de la Normal, Alfredo se lanzó a la aventura de la vida, y ahí lo vemos a los trece años manejando las herramientas de ebanista en Muebles Maiz. Fue un aprendizaje que le ligó a la elegancia del labrado de la madera. Había algún cliente que se fijaba en la caja de herramientas para ponerse en las manos de un ebanista, y la de Alfredo, impecable, tenía éxito. Un día se decidió a montar su negocio propio en Tras Espiñeira. En él sintió el gozo de ver como media docena de niños aprendían con magnífico provecho sus artes.
Cierto día entró un cliente, Barrán. Hicieron migas y a los pocos meses la sociedad Soto y Barrán ponía en marcha una empresa de construcción. Las primeras viviendas de la marca emergieron en Vidán, en el solar de Eulogio. Con 2.500.000 pesetas solventó su bautizo inmobiliario. Traqueteando con la maquinaria a cuestas fueron levantando nuevos edificios en la Compostela de los 50.
Por aquel entonces, las trazas de la zona nueva daban vía libre a un incipiente Ensanche. Los primeros cimientos fraguaron en las cercanías del casco viejo, pero Soto se fijó en un solar bastante lejano, perdido en un erial. La gente le decía que quedaba muy fuera de la ciudad y auguró que no iba a vender un piso. Soto y Barrán se agenciaron un crédito de cuatro millones, muy sudado, y nacieron los dos primeros edificios de la rúa bautizada como Fernando III el Santo. Siete plantas enfilaron el cielo sur compostelano y la apartada leira daba paso al Ensanche. Pero el desarrollo del ámbito no fue tarea cómoda. «Aí mangonearon moito os xefes de Santiago», cuenta Alfredo. Cosas de solares y terratenientes.
Recomendado por el cura de la parroquia, las Siervas de María le abrieron las puertas en Carreira do Conde para erigir una residencia, objetivo por el que suspiraban sus rivales. «A obra era apetecible e o solar estupendo», confiesa Soto. Tramos edificados de las rúas Frei Rosendo Salvado, Ramón Cabanillas, Montero Ríos, Doctor Teixeiro, etcétera, llevan la firma del constructor. Y decenas de obras esparcidas por toda la ciudad. Una de sus últimas urbanizaciones antes de darse el descanso del guerrero nació en la finca de San Francisco, unos chalés llamativos que bordean la propiedad franciscana. Dentro del monumento también dejó su huella: «Metemos 120 millóns de pesetas na reforma do convento. Daí sairon 80 habitacións».
Haber obrado en el Ensanche conduce a hacerse cábalas sobre el atuendo edificatorio: «O meu socio e máis eu sempre tivemos como meta facer as obras ben feitas, con calidade e unha carpintería impecable».