La mar de radiación

FIRMAS

A 200 kilómetros enfrente de la costa de Vigo hay 115.000 toneladas de residuos radiactivos de baja y media actividad. Se debe estudiar y buscar soluciones

13 jul 2013 . Actualizado a las 07:00 h.

chequeo al medio ambiente radiactividad bajo el agua

La noticia, con la que está cayendo, pasó desapercibida, pero hace unos días unos científicos alemanes encontraron cerca de la costa francesa, a solo 124 metros de profundidad, unos bonitos bidones de residuos radioactivos.

Por simplificar las cosas siempre hablamos de la fosa, como si fuera una, pero en nuestra parte del Atlántico existen diez zonas de vertidos radiactivos, una de ellas a tan solo 200 kilómetros enfrente de Vigo; y esa distancia en el mar significa estar muy cerca. En total nos rodean 115.000 toneladas de residuos de baja y media actividad, unos 233.000 bidones, por la sencilla razón de que en su día a las potencias nucleares europeas se les ocurrió que era una buena idea tirar esos residuos al mar. Y así lo hicieron durante más de treinta años, hasta que en 1982 cesaron los vertidos y una década después se prohibieron definitivamente.

La gran pregunta es qué puede estar pasando allí abajo, tras tantos años de salinidad, corrosión y presión. Sabemos que la vida media de los residuos supera ampliamente a la de los bidones que los contienen, pero ¿estará empezando a liberarse la contaminación?

Quizás nadie conozca mejor la respuesta que los peces de aguas profundas y, en efecto, empiezan a conocerse algunos datos contundentes. En algunos peces y crustáceos de esas zonas ya se localizaron niveles anormalmente altos de plutonio 239 y 240, los que producen a partir del uranio los reactores nucleares.

Ante tan tremenda noticia podríamos imaginar que inmediatamente las autoridades de Galicia, España y Europa iniciaron programas exhaustivos de estudios, seguimiento y control. Pues eso, lo podemos imaginar, pero la realidad es, más bien, todo lo contrario.

En 1995, hace 18 años, la agencia nuclear de la OCDE detectó los primeros indicios de radioactividad liberada en las fosas atlánticas. Ante esos primeros datos preocupantes Europa decidió? suspender los estudios, y efectivamente, hasta hoy, finalizaron los estudios a pesar de que la comunidad científica agrupada en el convenio OSPAR de protección medioambiental del Atlántico Nordeste consideraba una prioridad extremar la vigilancia en estas zonas.

En el 2011, a iniciativa del BNG, respaldada por el PSOE en el Dongreso de los Diputados, se solicitaba que se analizasen las especies y espacios del entorno de los puntos de vertidos radioactivos en el Atlántico, pero el PP no lo consideró relevante porque, decían, «no hay ni un solo elemento que nos lleve a desconfiar de la seguridad de los residuos radiactivos en la Fosa Atlántica». Sí, como lo están leyendo.

El próximo año Europa decidirá de nuevo si se realizan esos controles olvidados durante veinte años. Será un momento crucial. Confiamos en que el PP gallego, español y europeo tengan sentido común, o bien siempre podemos invitarles a una parrillada de pescado, deliciosa, compuesta por las especies en las que ya detectamos niveles altos de plutonio. Si son consecuentes con su opinión seguro que se los comerían, ¿verdad?

Vigo, que en el verano de 1982 recibió en una histórica concentración a aquellos héroes que lucharon contra los vertidos radioactivos, bien podría de nuevo liderar la presión ante las autoridades para conocer que está pasando en la fosa atlántica.

Pero ojalá esta fuera nuestra única amenaza radioactiva. Lamentablemente nos atacan por tierra, mar y aire, porque estas cosas nucleares desconocen las fronteras. Nuestro entorno directo, fundamentalmente en zonas graníticas como el sur de la provincia, es una de las zonas con mayores índices de radón en el subsuelo, también radioactivo, de la península, aunque en este caso se trate de una radiación natural. Menos natural, y mucho más inquietante es comprobar que el entorno de Vigo tiene los niveles más altos de España de cesio 137 depositado en el suelo. Poca cosa, relativamente, pues son apenas entre 3,682 y 6,073 becquerelios por metro cuadrado, pero lo terrible es su origen. Efectivamente, es el resultado de las pruebas de bombas atómicas.