El transporte de aire entre A Coruña y Ourense marcha viento en popa. Según los últimos datos facilitados por Renfe, la ocupación de la línea de alta velocidad entre las dos capitales apenas alcanza el 20 por ciento.
Hay que felicitar, por tanto, a los políticos que han hecho posible este formidable logro, una línea que costó 2.547 millones de euros.
Gracias a esta inversión, el aire fresco que, procedente del Atlántico, acaricia la torre de Hércules y se enrosca en Riazor, entra en los trenes Avant S-121 y, tras cerrarse las puertas, viaja a 250 kilómetros por hora hasta la ciudad de As Burgas. Es un gran milagro de la ingeniería.
Cierto es que, en principio, la alta velocidad gallega se pensó para transportar personas. Pero Manuel Fraga asumió como propias ciertas tesis localistas y se cargó el proyecto en L, que habría dado servicio a casi toda Galicia, sin dejar fuera de la red a Vigo, la ciudad más poblada del país. El resultado es el transporte de viento en doce trenes diarios, de lunes a viernes, entre A Coruña y Ourense.
El trazado del AVE gallego está tan equivocado que, al ritmo actual de venta de billetes, la inversión podrá amortizarse en unos cien mil años.
No es probable que, como especie tecnológicamente avanzada, habitemos la Tierra en el 102013. Pero la obra habrá compensado más o menos para esa fecha.
Todo esto es consecuencia directa de haber dejado a Vigo sin alta velocidad. De ignorar a la mayor ciudad de Galicia, que es donde Renfe habría encontrado clientes. Pero así lo decidió el indudable genio de nuestros gobernantes.
Nos queda el consuelo del milagro de la tecnología que es hoy el transporte de aire entre A Coruña y Ourense. Como á taberna do meu compadre, fun polo vento, vin polo AVE.
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