Con linternas en el trabajo

Toni Silva SADA / LA VOZ

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CESAR QUIAN

Los empleados del Sada Marina, sin luz ni calefacción, se resisten al cierre

27 abr 2013 . Actualizado a las 07:00 h.

El hotel Sada Marina se ha convertido en una Numancia con vistas al mar. Sus quince empleados acuden estoicamente cada día a cumplir las obligaciones que determinan unos contratos que la empresa quiere eliminar. Es la única manera de defender sus puestos de trabajo, gastar ficticias jornadas laborales en este fantasma de hormigón sin electricidad ni calefacción. Al agua corriente tampoco le queda mucha vida.

Todos se concentran en el salón más iluminado del entresuelo. Con el bajón de las temperaturas han rescatado las mantas utilizadas en marzo. Solo bajan a la portería para recoger el correo o a calmar a algún proveedor que visita el hotel con ánimo de cobrar sus recibos. «Les decimos que hablen con los propietarios, llegan muy enfadados», explica la directora, María José Ferreiro, quien el pasado sábado encabezó la manifestación de los trabajadores por el centro de Sada. Son quince años trabajando en este establecimiento, pero el vínculo trasciende lo laboral. «Yo me casé en este hotel», recuerda. Los trabajadores lamentan la situación que les ha caído encima y se consuelan recordando tiempos mejores. «Durante cualquier puente esto estaba a reventar, teníamos que desviar turistas a otros hoteles», recuerda Luis, sentado junto a Elia, su mujer. A ambos, como al resto, se les adeudan entre cuatro o cinco nóminas, un gran golpe económico después de varios ERE temporales. Ya no hay ingresos en su hogar. Ni en el de Orlando. Ni en el de Pilar. Ni en el de Riveiro.

Las 76 habitaciones viven ajenas al drama económico. Por ellas parece no haber pasado el tiempo. Una vez dentro parece que el mundo regresa a los años 90. «Muy modernas no son, pero son espaciosas», explica María José mientras ejerce de cicerone del hotel. En el comedor de desayunos, un cartel recuerda a los clientes que no está permitido sacar comida o bebida de la sala. Pero nada hay para llevarse, ni clientes para leerlo. Todo es silencio lejos de la fría sala de reuniones en la que conviven los quince empleados y planean las próximas manifestaciones. «Ahora nos conocemos mejor».

El próximo lunes volverán a fichar a media mañana con la esperanza de que este sinsentido llegue pronto a su fin. «Mi hijo no lo entiende -explica la directora-, me dice: "Mamá, si no vas a trabajar, ¿por qué tienes que ir?"».