Cada día que pasa, cada hora, hay más motivos para sentirse frustrados y desconfiar del futuro. Como es obvio la desesperación crece al mismo ritmo. Porque la crisis se encarga de poner ante nosotros su cara más cruda: paro, desahucios, personas condenadas a la marginalidad? Porque vemos que la receta de nuestros gobernantes es invariable: seguir a pies juntillas lo que diga Ángela Markel o los mercados y recortar lo de verdad importante -sanidad, educación o investigación- para mantener lo superfluo (prebendas, asesores o aeropuertos sin aviones).
Esta semana se han sentido cerca los latidos de esta tormenta perfecta. Los afectados por el corralito español han conocido oficialmente el expolio al que serán sometidos. El efecto ha sido el previsible, los encerrados en la casa consistorial de Boiro han perdido los nervios y obligaron al alcalde a suspender el pleno del jueves. El regidor dice no merecer ese trato y que no está en su mano cambiar la situación. Se equivoca. La presión de los barones territoriales y de los ediles del PP ha ralentizado y suavizado el intento del Gobierno de meterlos en cintura por orden del BCE y la UE. Si se opusieran con la misma unidad y fuerza para que miles de ciudadanos no sean esquilmados, como lo hicieron para conservar sus salarios y su poder, otro gallo cantaría.
También hemos conocido que una pareja de Santiago, al parecer agobiada por problemas económicos, tomó la decisión de suicidarse. Otro luctuoso eslabón en esa tétrica cadena. Y si paseamos por las calles de la comarca cada vez vemos más «se traspasa», «se alquila» o «liquidación». Lo peor es que lo que vendrá en el futuro próximo ya lo conocemos. No hay que ser adivino, simplemente mirar más abajo, a Portugal, para saberlo. Esta pandilla de tecnócratas neoliberales, zombis adoradores de los mercados, se está cargando el Estado del Bienestar, de las personas, para salvar el negocio de cuatro. Adiós clase media, que además tiene conciencia y exige.
Por encima, otrora prepotentes empresas que se permitían amenazar gobiernos para que las dejasen hacer de su capa un sayo. Que recibían subvenciones a raudales. Que agotaban los calificativos de nuestros políticos. Pues resulta que ni era oro todo lo que brillaba, ni en ellas había la transparencia que aparentaban. Los políticos y las grandes empresas, como ocurre con los adolescentes, gustan de arrimarse. También comparten el apego por fotografiarse en todas las posiciones.
¿Cuándo aprenderán que los puestos de trabajo de calidad, los que se engarzan al territorio, los que son sinónimo de progreso, son los autónomos y los de las pequeñas y medianas empresas? Las grandes multinacionales están bien, pero no a costa de negar la sal y la pimienta a los primeros. Porque se pueden ir por donde han venido cuando no les das todo. O reventar y dejar un agujero negro si les has vendido el alma de tu territorio. Eso sí, aún con las irregularidades detectadas contarán con el apoyo institucional que a diario se les niega a muchos.