Todos necesitamos tener una cueva, un refugio donde compartir nuestros sentimientos, donde albergarnos cuando las cosas nos van bien y, en definitiva, donde desarrollarnos como personas. La necesidad del ser humano de resguardar y cobijar a los suyos está escrito en su ADN desde el principio de su existencia, y el mero hecho de imaginar una situación en la cual las circunstancias nos coloquen en la tesitura de no tener un lugar en el que vivir genera un temor que pocos somos capaces de soportar.
Hay muchas personas que viven en la cuerda floja, y se enfrentan en el día a día a la necesidad de conseguir el suficiente dinero para, poco a poco, ir haciendo frente a los gastos derivados del existir. Ellos son los verdaderos catedráticos de economía, y en la práctica superan a aquellos que, desde sus cómodos sillones, utilizan conceptos que nos han traído tantos problemas como «ingeniería contable».
Pero a veces la cuerda se rompe, y ese delicado equilibrio se viene abajo. Ese es el momento en que todos debemos intentar que ni una sola persona se quede sin un espacio donde desarrollarse, donde albergarse y donde compartir sus sentimientos. Si una persona no puede tener cubierta la necesidad de tener su refugio, no es su fracaso, es el fracaso de todos.
Seguramente nuestros nietos verán con incredulidad como hubo un tiempo donde, a pesar de haber miles de viviendas vacías, decenas de familias se veían arrancadas de sus hogares.