Domingo de Pascua. Me dispongo a dar un paseo por una conocida playa de la comarca. Un grupo de personas está en la zona de aparcamiento, al lado de varios vehículos con matrículas extranjeras. Un hombre de mediana edad repara en mi llegada y se dirige a mí. Me saluda en inglés y me pregunta si puedo darle alguna información. Son alemanes y están haciendo una ruta en autocaravana por la costa norte de España. Una buena oportunidad para practicar un poco el inglés con alguien que también lo tiene como segundo idioma, más fácil vamos. Están ávidos de conocer detalles de la zona: enclaves de valor paisajístico, monumentos, gastronomía, playas? Acaban preguntando por la economía de la zona y de ahí a la intervención económica en diferido, que diría la Cospedal, un paso. Ante las primeras insinuaciones sobre bon vivants y el carpe diem, les reconozco cierta razón pero también les afeo su interés por permitirlo mientras comprábamos y pagábamos a Alemania. Viéndome a la defensiva los acerco a la playa para sacar pecho con la belleza de la ría ¡Craso error, Alicia!.
La marea está baja. Hay un grupo de personas que identifico como furtivos. Tienen con ellos varios perros. También hay un sujeto montando a caballo. Recorre la playa alternando trote y galope, siendo perseguido por los perros cada vez que pasa cerca. Aparecen dos personas más que vienen paseando por la playa acompañadas por un perro de grandes dimensiones. A nuestra altura se dirige hacia nosotros ladrando, con cara de pocos amigos, hasta que su dueño lo llama al tiempo de perdonarnos la vida con la mirada. El sonido de un motor acelerado nos vuelve a la realidad: un todoterreno de la cofradía está entrando en la playa y se dirige raudo hacia los furtivos. Estamos lejos y no entendemos el significado de las voces pero es evidente que no hacen caso de los vigilantes, que se marchan. Los ilegales siguen con su faena y sus perros, que consiguen que una pareja opte por abandonar su paseo por la orilla y se desvíe a la parte superior de la playa. Cuando por fin consigo contarles todo a los alemanes -tarea ardua en inglés- aparece un todoterreno de la Guardia Civil que también entra en el arenal y se acerca a los furtivos. No entiendo que dicen pero observo que les decomisan una bolsa ante el cabreo de uno de ellos. La patrulla se aleja entre todo tipo de improperios y esparce el contenido arrojándolo al mar. Se marchan. Aún no han salido de la playa y los furtivos, que habían hecho un amago de retirada, ya vuelven a la faena. También los perros. John Wayne nunca se fue.
Les traduzco la situación hasta el final y ellos escuchan perplejos. Percibo que si fuesen Obélix exclamarían: «Están locos estos gallegos». También adivino el pensamiento del teutón con el que mantuve la discusión económica: «¡Ves como no se os puede dejar solos!». Herida en el amor patrio le digo que lo que han visto en realidad es una representación que hacemos para los turistas. Eso sí, subvencionada con fondos de la UE. Se ríen.