Tres dragas llevan meses durmiendo frente a Carril. La parálisis de la obra pública ha obligado a parar, también, los motores de este sector
28 mar 2013 . Actualizado a las 07:00 h.«Yo antes no tenía que buscar trabajos, ya enganchaba uno con otro». Celso Domínguez, pese a ser carrilexo, habla con un acento a medio camino entre el cántabro y el vasco. No es ni casualidad, ni impostura, ni nada. Lo que pasa es que en aquellos buenos tiempos de los que nos habla, Celso y sus dragas trabajaron sobre todo en el Cantábrico. Y lo hicieron con tanta intensidad que «a veces podía pasarme dos años sin venir por aquí». Pero en esto llegó la crisis y mandó parar. Las inversiones en obra pública cayeron, y con ellas el dinero destinado a los dragados y la construcción de muelles. Por eso el Dragasub y el Dragarena, los dos barcos de este vilagarciano, llevan seis meses durmiendo en el fondeadero situado frente a Carril. A su lado una tercera draga, propiedad de un hermano de Celso, espera también la llegada de los ansiados brotes verdes.
Tal vez aparezcan estos pronto. Celso confía en que ahora que ha llegado la primavera se reactive el negocio. Y si prosperan las negociaciones en las que está inmerso, tal vez en cosa de semanas pueda levantar anclas y ponerse en marcha. «Ojalá sea así», señala. De momento está aguantando el tirón por una cuestión de suerte. Hace unos cuantos años, tras muchas idas y venidas en dragas familiares, decidió establecerse por su cuenta. «Me arriesgué, pero lo hice en una época en la que cualquiera que tuviese ganas y empeño podía salir adelante», asegura. Él lo hizo a base de trabajo duro y atravesando estrecheces durante algunos años «porque tenía que pagar unos créditos muy altos». Pero cuando la crisis hizo acto de presencia ya se había desembarazado de sus deudas, y menos mal. Así que ahora aguanta, aunque a costa de liquidar los contratos de los trabajadores con los que habitualmente contaba. «En la empresa solo quedamos mi mujer y yo», relata. Y van tirando de ahorros, a la espera de recuperar cierta normalidad. A la espera, en fin, de que llegue la hora de volver a partir hacia algún lugar el Cantábrico, porque «en Galicia es muy difícil».