1 Lleva toda su vida luchando contra el dolor. A veces utiliza una sonrisa como arma. En el hospital usa fármacos. Y otras veces se vale de su generosidad, como queda de manifiesto en la cantidad de viajes humanitarios que desarrolló en los centros de refugiados de Tinduf, o en países como Perú, Honduras o Guatemala. «El día 12 vuelvo al Sáhara con un equipo de especialistas en urología. Significará mi viaje número 50», comenta el doctor Enrique Rodríguez Álvarez, natural de Celanova, Ourense, que se acaba de jubilar, tras casi cuarenta años de actividad asistencial como anestesista del Chuac. El viernes por la noche cantidad de compañeros y amigos acudieron al homenaje que con motivo de su jubilación se le tributó a este médico y humanista que es presidente y fundador de la oenegé Solidariedade Galega. «La primera vez que fui me convenció un compañero que trabajaba con Amigos del Pueblo Saharaui en Vitoria. Es algo que si lo haces y te engancha no puedes parar», analiza. De regreso, junto con otras personas de idéntica sensibilidad, fundó la citada asociación, que en la actualidad cuenta con 200 socios y dispone de un local en la plaza de España. Enrique cuenta mil y una anécdotas vividas en ese medio centenar de viajes solidarios que ha realizado, una cifra que aumentará, y más ahora que está jubilado. «La verdad es que como anestesista tuve más sustos en el Chuac que en alguno de esos países trabajando sin apenas medios», destaca.
Despedida en San Pedro
2 En el restaurante El Mirador del monte de San Pedro se celebró la cena-fiesta de despedida de Rosa Maceiras Rodríguez, una maestra de siempre. Se jubiló después de 39 años y tres meses impartiendo docencia a alumnos de primaria y secundaria. Su último destino fue el IES Agra de Leborís, de A Laracha, que dirige Miguel Ángel García, donde también ejerció como jefa de estudios. Pero a la celebración acudieron, además de los actuales, antiguos compañeros de otros centros donde trabajó, en Arteixo, Coristanco, Tui o Agualada.
Igual que en 1963
3 «El secreto es intentar ser siempre felices. Apenas discutimos y nunca estuvimos más de 24 horas de morros. Siempre cedo yo», comenta con simpatía Antonio (Tony) Ogea Blas, que acaba de celebrar que hace medio siglo que se casó con Concepción González Cabezas. «Nos volvimos a casar, como aquel 16 de marzo de 1963, en la misma iglesia, Santa Lucía, y a la misma hora, las cinco y media. El cura no es el mismo», recuerda Antonio. Casi 80 personas, entre familiares y amigos íntimos, acudieron a las bodas de oro que celebraron en el hotel Riazor. «No bailé porque ando con muletas, ya que me operaron de la cadera. No quiero ser menos que el Rey», comenta con buen humor este coruñés que recuerda cuando regentaba la joyería Tony en la calle de Santa Lucía, hasta que tiraron el edificio para construir ni más ni menos que la avenida de Alfonso Molina.