Crónica del adiós herido

Maxi Olariaga

FIRMAS

El tren de lo oscuro se detiene todos los días en la estación.
El tren de lo oscuro se detiene todos los días en la estación.

17 mar 2013 . Actualizado a las 07:00 h.

No nos equivoquemos. No estamos viendo una estación de tren de este mundo. Estamos contemplando nuestro último viaje. Es un milagro que podamos asistir a nuestra despedida y lleguemos a ver a nuestros amigos, a la gente que hemos amado y nos amó, agitando en sus manos la tristeza del último adiós.

Todos los días se detiene en la estación el tren de lo oscuro y a él suben las almas perdidas sin billete de vuelta. A cualquier hora del día o de la noche llega rugiendo ronco y expulsando humo amargo por su boca de hierro. Se detiene un momento y los muertos que esperan en el andén suben apresurados y se pierden sin equipaje alguno en las tinieblas desanimadas de sus adentros.

Sin tiempo para un último beso se van los viajeros sin retorno camino de una luz prometida que espera al final del trayecto y, asidos a sus lágrimas, quedan en la estación los vivos que a pesar de ver como el tren se lleva a sus amores, jamás creerán en la última estación.

Cuando en la lejanía se desvanezcan el humo y el rugido tras la montaña, volverán a casa lisiados por la pena o por el arrepentimiento de no haber sabido amar al ave viajera que acaba de abandonar el nido para nunca más volver.

Asomados a las ventanillas, los difuntos que vienen de lejos y han atravesado ya el valle oscuro, saludan animosos a los vivos para que no pierdan la esperanza. Pero la tristeza es terca y su mano atenaza las gargantas heladas por el llanto de nieve contenido durante horas. La muchedumbre se agolpa dando calor a los vagones de segunda presintiendo y adivinando un regalo divino, una resurrección que haga añicos el cruel enigma de vivir para morir.

El día que nunca habría de llegar porque así lo sentía el corazón, sobrevuela mecido por el tiempo detenido bajo la urna de cristal de la estación y, transformado en fecha de calendario, como una hoja en otoño se desprende contoneándose desde lo alto de la arboleda.

Hubo un tiempo en el que, niños inocentes, jugábamos al tren asidos por la cintura formando con nuestros cuerpos una larga cola de vagones que serpenteaba por la alameda y desaparecía bajo los túneles de los magnolios para reaparecer desafiante y atrevido en la salida que protegían las palmeras. Daba aquel tren de sueños vírgenes dos o tres vueltas al palco de la música y, resoplando, emprendía el retorno hasta detenerse a los pies de la estatua de Felipe de Castro. Allí cada vagón cobraba vida independiente y unos merendaban sentados en el surtidor mientras otros excavaban un gua soñando con conseguir la mágica canica de oro que un vendedor ambulante dijo en la feria que jamás vendería porque era invencible.

Recuerdo que frecuentemente en casa se hablaba de que pronto llegaría el ferrocarril a Noia y que el alcalde había recibido un telegrama confirmándole el logro de aquel tren que desde Muros pasando por Noia llegaría hasta Ribeira y, vía Boiro, remataría su periplo en Rianxo para desde allí emprender el viaje de vuelta tres días a la semana y todos los domingos de feria. «Tú lo verás, seguro» me decía el abuelo Pepe. Lo que yo no supe fue que el tren del que hablaba mi abuelo era este al que un día subiremos dejando atrás nuestras vidas para nunca más volver.