El autor de Robinson Crusoe compuso un poema sobre la batalla de Rande en un panfleto que le llevó directo a la picota
10 mar 2013 . Actualizado a las 07:00 h.Al autor de Robinson Crusoe, cantar a la Batalla de Rande le costó ser llevado a la picota. No murió, porque esta columna no se usaba en la Inglaterra del siglo XVIII para exhibir las cabezas de los ajusticiados, sino para someter a escarnio público a los condenados por delitos de opinión. Y la afilada pluma de Daniel Defoe fue en su época de las más mordaces con el poder. Para cantar las alabanzas de los que mandan siempre sobran voluntarios. Pero su vida fue la de los otros, quienes se juegan el pan y hasta la integridad física para denunciar los abusos de los gobernantes.
Contaba Defoe 42 años cuando, el 23 de octubre de 1702, se libra en Vigo la batalla de Rande, en la que la Armada combinada anglo-holandesa derrota a la flota franco-española con los galeones de la Plata. La noticia prende como la pólvora en Inglaterra y se desata el entusiasmo. Mientras el Gobierno ordena abrir y bautizar la Vigo Street, en el centro de Londres, The Daily Courant, el primer diario de la historia, da cuenta en primera plana del éxito de los ingleses. Tras el fiasco en el intento de tomar Cádiz, la Battle of Vigo Bay era la inyección de moral que necesitaban.
Sin botín
Pronto la algarabía se tornaría en silencio y críticas. Cuando los ingleses regresan a puerto, nadie se cree que un galeón llamado Santo Cristo de Maracaibo se ha hundido durante el trayecto, perdiéndose todas sus riquezas. Y que el botín que se esperaba enorme apenas llegaba para acuñar unas monedas y mal pagar a la marinería. Hubo juicios a los mandos de la flota y enconadas disputas en la cámara de los Lores, que terminaron por derribar al Gobierno. Y es en este panorama donde Defoe decide meter la pluma en la llaga.
Daniel Defoe disfrutaba en esta época de una posición económica holgada. Nacido Daniel Foe, hijo de un carnicero, sus primeros cuarenta años de vida estuvieron llenos de tribulaciones, con continuos fracasos de sus negocios, que le llevaron incluso a la cárcel. Pero tras una estancia en el continente, comerciando con vinos en Cádiz y Oporto, había regresado a Inglaterra con unos buenos ahorros y con un De que unió a su apellido para darle lustre. A comienzos del siglo XVIII, tenía una fábrica de tejas, ladrillos y botellas. Y, por una vez en su vida, estaba libre de deudas.
Pero al escritor le tiraba el periodismo, que ejercía publicando panfletos. Y lo de Rande no era tema para despreciarlo. Así, semanas después de la batalla, publica The Spanish Descent: A Poem [celebrating the Desctruction of the Spanish Fleet in Vigo Bay by Sir George Rooke, Oct. 1702]. El título, La ascendencia española, trataba de ridiculizar al decadente imperio donde todavía no se ponía el sol.
El autor también de Moll Flanders, dedica sus primeros cañonazos a España, un país «con riquezas que en manos pudientes podrían dominar el mundo», pero que tiene un problema de carácter: «Demasiado perezosos y demasiado altivos para ser ricos».
Del español, dice Defoe, que es «un pueblo tan orgulloso, tan por encima de su destino que, si reducido a pedir, lo haría con arrogancia», frase que alguno suscribiría hoy cuando perdura el fantasma del rescate económico. Y termina diciendo que los españoles «malgastan su dinero para que se les llame valientes y, orgullosamente, mueren de hambre porque desprecian el ahorro».
Pero esto sólo es el aperitivo. Defoe la emprende seguidamente contra las tropas del almirante Rooke, que comandaba la flota inglesa que fracasó en Cádiz, «y salió volando, amedrentada por las murallas y no por los hombres». Dice de ellos que regresaron a Inglaterra, no cubiertos de gloria, sino «ebrios de vino español y de mujeres españolas».
El escritor narra cómo la flota de Velasco se refugió en Vigo y se sentían seguros: «Extrañas alegrías elevan las esperanzas de España y Vigo se entretiene con su flota de la Plata; los enormes galeones profundamente cargados de metales buscan el hogar del puerto de Galicia?.
El largo poema va narrando la llegada de la flota inglesa y la batalla. Y termina riéndose de la altanería de los defensores cuando salen huyendo: «Los atemorizados españoles huyen volando de su tesoro, no contrarios a abandonar sus riquezas, pero sí contrarios a morir». Tres años más tarde, en otro poema, Defoe se referirá de nuevo a los Vigo heros, los héroes de Vigo, que le acompañan como ejemplo de una acción militar valerosa, en contraste con los fracasos que observa en operaciones inglesas.
No hubo plata
Sin embargo, queda tan decepcionado como sus compatriotas cuando se sabe que no existe el formidable tesoro que esperaban. Y que la mayor parte de la plata americana había sido evacuada previamente a Castilla. Así que, en medio de la conmoción del país, que hace caer incluso al gobierno, Defoe publica panfletos encendidos, que siguen al que escribió sobre la batalla de Vigo y la ignominia del ejército inglés en Cádiz.
Por el poema de Vigo y los que le siguen, Defoe es detenido y condenado a la picota, en julio de 1703. Pero el pueblo adoraba su mordacidad y, en lugar de arrojarle barro, piedras y excrementos, como era costumbre, le lanzaban flores, mientras brindaban en su honor, durante los tres días que duró su castigo.
Contribuyó a la reacción popular su poema Himno a la picota, que publicó días antes de recibir la condena. Encarcelado luego, es liberado para convertirse en agente secreto. Pero esta ya es otra historia del autor de Robinson Crusoe y Moll Flanders, considerado el padre de la novela inglesa, quien en 1702 encontró en Vigo un motivo para afilar su pluma panfletaria.