Cada vez que los políticos anuncian que van a dar a conocer su patrimonio me froto las manos y pienso: al fin vamos a saber la verdad y a entender el porqué de los codazos parar saltar a los primeros puestos. Sueldos, dietas, dedicaciones exclusivas, asistencias... Un fortunón, me imagino.
La decepción es mayúscula cuando escucho que no solo se han fundido la paga, sino que hasta tienen pufos con las entidades bancarias. Entonces reflexiono: una de dos, o los gestores de su patrimonio son auténticos malabaristas o nuestros políticos son unos derrochones.
Como no quiero ser malpensada, me inclino por lo segundo.
¿Adónde van a parar esos sueldos superiores a los 65.000 euros anuales? La verdad, no me imagino al alcalde de Vigo en el bingo de Marqués de Valladares cantando una línea tras otra o ante una máquina tragaperras en uno de los bares de O Calvario.
¿Se imaginan al presidente de la Diputación en el legendario George V de París con unas zapatillas de Dsquared? Qué quieren que les diga. Tampoco lo veo. Entonces, ¿en qué invierten el dinero si no ahorran ni para cancelar la hipoteca?
¿Tendrán un ladrón de guante blanco en su vivienda con contrato indefinido?
Ya está. Puede que lo gasten en camisetas de la feria de Valença, en yogures de marcas blancas, en zapatos del mercadillo de Bouzas, en vinos por la rúa Real, en transporte público urbano, en la romería de San Blas, en entradas para el Coruxo, en copas en el Tony?is Guitar.
Tampoco me sale la cuenta.
Francamente, el tema me tiene intrigada y también muy preocupada. ¿Cómo es posible que cada día cobren más y ahorren menos? Por favor, que alguien me lo explique.
De un tiempo a esta parte me quita el sueño.
mariajesus.fuente@lavoz.es