«Realmente pensé que ahora sí que se acababa el mundo»

Susana Luaña Louzao
Susana Luaña VILAGARCÍA / LA VOZ

FIRMAS

El rescate de la víctima se complicó porque fue difícil echar abajo su puerta blindada. <span lang= es-es >fotos</span><span lang= es-es > MArtina miser</span>
El rescate de la víctima se complicó porque fue difícil echar abajo su puerta blindada. fotos MArtina miser

Algunos vecinos tomaban café en el bar Campos, y otros, salían de la ducha

15 feb 2013 . Actualizado a las 07:00 h.

Tan solo unos segundos antes de que reventara el tercer piso del número 9 de la plaza de Ravella, la hermana de Ramón Cores se bajó del coche y entró en el bar Campos para sellar una quiniela. Si un semáforo los hubiera retrasado, a la mujer se le caía la ventana encima. Afortunadamente cayó sobre el Audi A4, y los daños fueron solo materiales. Pero los dos hermanos, vecinos de Baión, tardarán en recuperarse del susto. Al lado de su coche destrozado, el propietario reconocía que cuando oyó el estruendo y rompieron los cristales del vehículo, «pensé que se me venía la Torre Eiffel encima. Realmente pensé que ahora sí que se acababa el mundo, como decían».

Dentro del bar, la hermana de Ramón coincidió con el alcalde y con el edil Jesús Longa, que entraron a tomar un café. Detrás del mostrador estaban Carmen Castro y su hija Carmen Campos. Cuando ya fuera se recuperaban del susto, aseguraban que dentro del edificio, la explosión no se había oído con mucha intensidad. «Lo que sí vimos fue caer los cristales y la ventana de aluminio, salimos a ver qué pasaba y ya vimos cómo salía el humo por la ventana. Ella, Marisa, se asomó a la ventana y le decíamos que saliese, que se fuese a la puerta, pero ya no la volvimos a ver», se lamentaban madre e hija.

Dentro del edificio, algunos vecinos todavía se preparaban para una jornada aparentemente normal. Ángeles, que también vive en el tercero, se metió en la ducha sin saber la que se le avecinaba. «Escuché un ruido tremendo; tengo en casa a una persona que tiene una cámara de oxígeno y pensé que se había caído, pero salí y vi que estaba bien». Algo parecido le pasó a Marta Junquera, del cuarto piso. Sus padres habían salido y solo estaban en casa ella y su hermana. «Estaba en cama; oí la explosión y ya empezaron a llamar al telefonillo, que bajáramos, que saliéramos, nos decían. Mi hermana vio el humo por la ventana, cogí lo que pude -en la mano tenía una cartera y el móvil- y me fui». Las dos lo contaban refugiadas en la peluquería de Sara Gómez, ambas en bata de casa y realmente afectadas. Ángeles no podía controlar sus nervios; Marta estaba muy pálida y esperaba sentada, mirando al vacío.

Cada vez que pasaba alguien de emergencias preguntaban por Marisa: «¡Dicen que está muy mal, la pobre!», era el lamento generalizado.