El afilador de almas

Maxi Olariaga

FIRMAS

13 ene 2013 . Actualizado a las 07:00 h.

Desde Xunqueira de Espadañedo, bajando San Xusto en el coche de línea con su rueda bien amarrada con cuerdas de esparto a la baca del autocar, el viejo afilador Sinforoso venía un par de veces al año por Noia, guardaba su máquina en el portal de casa y se iba a dormir al hospicio donde, por afilar los fierros como para sajar el aliento de un ángel, las monjas le daban cama y comida una semana entera.

Contaba mi abuelo que hubo un tiempo en el que Sinforoso recorría Galicia y León con la rueda a cuestas de aldea en aldea y de villa en villa. Aquel afilador tenía dos clases de público. Las gentes que llevaban a afilar sus cuchillos y herramientas y aquellas otras que le rodeaban y seguían por la calle tras la melodía del chiflo como los ratones al flautista de Hamelin, ávidas de noticias del mundo más allá de la frontera de Compostela.

De vez en cuando, Sinforoso se detenía en medio de una plaza, miraba displicente aquella procesión que le seguía como si estuviese en posesión del bálsamo de Fierabrás y con un gesto de sus manos sabias los invitaba al silencio. El público contenía la respiración. Algunos se sentaban sobre las losas nobles mientras otros, en pie como estatuas, miraban a Sinforoso con la boca y los ojos abiertos a la sabiduría que venía del otro lado del mundo. El afilador de cuchillos se transformaba entonces en un afilador de almas. Liaba un cigarrillo con parsimonia y después de catar la primera bocanada comenzaba a narrar las historias que de cierto conocía.

Una mañana de primavera en medio de la Plaza do Tapal, Sinforoso miró al cielo azul y luego al campanario de San Martiño. Y la gente que acababa de arribar al siglo XX alzó la vista y también miró al cielo azul y luego a la boca sonora del campanario. Sinforoso entonces contó como un hombre de una parroquia de A Terra Chá visitó a una meiga en varias ocasiones porque, sin saber el motivo, con frecuencia no podía comer, beber ni dormir dominado por una inquietud en su espíritu que no le permitía trabajar en su oficio pues era un fino ebanista y había perdido el pulso del escoplo de tal modo que hería de muerte la madera con los golpes fallidos a causa del sin vivir que le dominaba.

La meiga le proporcionó un bebedizo agrio como el acíbar y le anunció que después de trasegarlo caería en un profundo sueño en el que se le rebelaría la causa de su mal. Eso hizo aquel buen hombre y al punto se quedó dormido bajo una higuera. Despertó alterado y sudoroso y sin pérdida de tiempo entró en su casa y halló a su mujer barriendo el taller. «Dios acaba de revelarme que tienes amores con el párroco. Voy en su busca».

Ya en la iglesia, el cura huyó de su presencia hasta el campanario. Hasta allí lo persiguió el ebanista y desde aquella altura lo precipitó. Llegaron los guardias y un juez a prenderlo y lo hallaron rezando ante el sagrario. De allí surgió la voz divina: «Dejad libre al ebanista porque desde hoy lo haré afilador. Afilador de almas».? Y así se hizo. Al día siguiente enterraron al cura y a su amante a la que habían encontrado ahorcada en la higuera del huerto. Ese era mi padre, concluyó Sinforoso. Un afilador, un afilador de almas.