La mujer a la que los ladrones han robado su puesto de trabajo

Rosa Estévez
Rosa Estévez VILAGARCÍA / LA VOZ

FIRMAS

Montse Otero no quiere volver al bar en el que fue amenazada con una pistola

03 ene 2013 . Actualizado a las 07:00 h.

A Montserrat Otero, los ladrones le han robado su trabajo. Tras casi diez años regentando el bar de la playa fluvial de Vilarello, Valga, esta mujer está pensando seriamente en dejar que el establecimiento siga cerrado a cal y canto, como cerrado está desde que el pasado 16 de diciembre fue víctima de un violento atraco. «Estou de baixa por ansiedade», relata esta mujer a la que la voz aún se le quiebra cuando recuerda aquella noche en la que tres encapuchados la amenazaron con una pistola, la golpearon, la amordazaron y le ataron las manos con cinta adhesiva.

«Se atopo outro traballo, non vou volver ao bar», señalaba ayer Montse. Hace unos días pasó por el local para recoger unas cosas que le hacían falta «e non fun capaz de entrar». «Se hai alguén conmigo, aínda o podo levar, pero soa non son quen de quedar alí», dice. Y por eso, considera poco viable volver a ponerse detrás de la barra. «Porque, queiras que non queiras, nalgún momento tería que quedar soa. E estou segura de que se non é o primeiro mes, o segundo vai pasar algo».

No lo dice por decir. En los casi diez años que lleva al frente del bar de Vilarello ha sufrido ocho robos. En todos, menos en el último, ella no estaba en el local. Aún así, las reiteradas visitas de los cacos habían comenzado a hacer mella en su ánimo. «En setembro do 2009, entraron e leváronme toda, absolutamente toda a mercadoría». Botellas empezadas, botellas sin empezar, batidos, zumos, helados...

Al final, la Guardia Civil descubrió que los autores del robo habían sido los integrantes de una banda de rumanos que había actuado en distintos puntos de Galicia y cuyo caso sigue coleando en los juzgados. «Pero do resto dos roubos non se soubo moito máis dos ladróns», señala Montse. Tampoco de los tres hombres que la asaltaron a mediados de diciembre. «Disque os teñen máis ou menos controlados, pero non sei», relata la hostelera.

Todos esos casos sin resolver han ido metiéndole, poco a poco, el miedo en el cuerpo. El miedo y el enfado, porque «chega un momento no que estas a traballar para a xente que che ven roubar».

Y es que entre neveras vaciadas por los cacos y destrozos -«levo unha chea de portas destrozadas»-, la caja del establecimiento no da abasto. Para muestra, un botón. Desde que cerró el local tras el último robo, ya ha tenido que ordenar que desmontasen la carpa que tenía en el exterior. «Xa lle levaran tres ventanas; a oitenta euros cada unha...». Hagan números.