Los ochocientos militares de la Brilat se disponen a pasar unas fiestas alejados de los suyos
24 dic 2012 . Actualizado a las 07:00 h.A punto de cumplir un tercio de la misión, los cerca de ochocientos militares de la Brilat que forman parte del contingente español destinado en Afganistán se disponen a pasar estas Navidades muy lejos de casa. Más de seis mil kilómetros les separan de sus familias, una distancia que se hace aún mayor cuando cae la noche y las temperaturas bajan hasta alcanzar valores negativos.
La amenaza a un ataque de la insurgencia es constante, aunque la experiencia de misiones pasadas les dice a los soldados que, por estas fechas, incluso el invierno se hace demasiado duro para los insurgentes que se ocultan en las montañas. El número de hostigamientos armados suele caer por estas fechas, aunque ni por esas los militares se confían. Saben que, antes o después, tendrán que repeler algún tiroteo o escaramuza. Y tienen muy presente que, a medida que se aproxime la primavera, esta calma tensa se transformará en un riesgo diario de confrontación.
Pero mientras tanto, el espíritu navideño va impregnando los acuartelamientos de Herat y Qala-i-Naw, y en menor medida las dos bases avanzadas que España aún mantiene y que piensa replegar una vez mejoren las condiciones climatológicas. En estos dos puntos, Ludina y Moqur, el riesgo a ser emboscados o de tener que hacer frente a un ataque es demasiado elevado.
No ocurre lo mismo, según cuentan, en los cuarteles de Herat y Qala-i-Naw, donde el tradicional pragmatismo castrense es roto por adornos que denotan que se viven fechas muy especiales, días en los que el compañerismo palía la nostalgia que le pueda sobrevenir a uno tan alejado de sus seres queridos. «Somos una gran familia y nos apoyamos mutuamente», reconoce un oficial de la Brilat que, en esta ocasión, no tomó parte en el despliegue de Afganistán.
Comunicaciones diarias
Además, según añade, las nuevas tecnologías, y sobre todo la posibilidad de realizar videoconferencias casi diariamente, facilitan que el contacto nunca se pierda del todo. «Antes, cuando las misiones eran de cuatro meses, tus hijos pequeños apenas te reconocían al volver, ahora estoy seguro que eso no va a ocurrir. Y eso que, en esta ocasión, serán seis meses», explica.
Que las Navidades se respiren en un pequeño fragmento de un país centroasiático, como pueden ser los acuartelamientos españoles, se debe, en gran medida, a «la predisposición del personal de la unión temporal de empresas que presta sus servicios en la cocina en la preparación, adorno y aporte de ideas de cara a estas fechas», sostiene el cabo primero Jesús Pascual Sánchez.
Este ambiente festivo convive con la rutina propia de una misión de paz. Podrá ser Navidad, pero las labores de vigilancia, las patrullas de seguridad, los controles militares persisten. Todo se vuelve una rutina para que los soldados funcionen como un resorte ante el más mínimo indicio de peligro.
Es su día a día. Son conscientes de que una parte de la población no les quiere en Afganistán y que alguno de ellos, incluso, estaría dispuesto a inmolarse con tal de conseguirlo. El fanatismo talibán y el narcotráfico, junto con el hecho de que se trata de una de las regiones más deprimidas y pobres del planeta, siguen siendo los principales escollos para logra la ansiada paz. Así al menos es lo que sostienen la mayoría de militares pontevedreses consultados.
Posiblemente estas sean las últimas Navidades que la Brilat pase en Afganistán. La misión que iniciaron hace menos de dos meses está anunciada como el principio del inicio de un repliegue escalonado que tendrá su colofón en el 2014.
A partir de ese momento, presumiblemente, los militares españoles adscritos a un pequeño contingente realizarán labores de asesoramiento e instrucción.