El pañuelo que cura la muerte

FIRMAS

Santi M. Amil

Es una sesión especial con un grupo de ayuda al duelo, abierta a intrusos, pero ni así los sentimientos callan: ni el dolor ni la tristeza ni tampoco la esperanza

11 dic 2012 . Actualizado a las 07:00 h.

«Si hablas con una amiga y te sale una lágrima, te dice: no llores. Aquí, en cambio, te pasan un pañuelo».

Marcela Villalón es la joven madre de un niño muerto en accidente a los 6 años. A su lado se sienta Ana Requejo, veterana ya en el sufrimiento por el suicidio de su hijo de 19. Y, junto a ellas, Carlos Bragado, psicólogo y coordinador de un grupo de ayuda a personas en duelo y padre de un hijo suicida. El dolor y la determinación por superarlo propician que todos hablen el mismo idioma.

El pañuelo es todo un símbolo, igual que el nombre del grupo de autoayuda que funciona desde el 2007 en Ourense: Escoita. «Hoy vivimos un momento de rechazo al dolor, parece que hay remedio para todo; la medicina y la técnica proclaman la inmortalidad, pero tenemos que seguir aceptando que hoy también se muere. En esta sociedad la negación y la ocultación de la muerte son evidentes por mucho que se presente como un espectáculo, y por eso no hay escucha de la persona. El duelo lo lleva cada uno internamente, como si no ocurriese nada. Por eso esta necesidad de sitios de escucha, donde nadie te juzga», expone Carlos Bragado.

Él es el impulsor de Escoita, un grupo cuyo pañuelo han utilizado unas 70 personas en los últimos cinco años y que juega, en demasiadas ocasiones, el papel del que han desertado las familias y la sociedad. Tras la muerte de su hijo, Bragado, que ya había tenido contacto profesional con este tipo de grupos, sintió la necesidad de superar su duelo y de abrirse a ayudar a otros.

Similar camino recorrió Ana Requejo, cuyo hijo se suicidó en Suiza: «La propia policía me puso en contacto con un grupo de ayuda y, cuando me vine a Ourense, mi ilusión era crear un grupo como aquel. Lo que yo quería era ayudar a otra gente como me habían ayudado a mí. Muchos piensan que van a revivir el sufrimiento en las sesiones; les quiero animar a que vengan y vean, salimos muy bien de allí, expresamos todo lo que sentimos ante gente que nos entiende como ninguna otra».

«La muerte de un hijo es como una amputación, las terminales nerviosas siempre dicen: aquí estoy. Pero intentar recordar y revivir es algo que está en ti y cada vez que lo expresas es un alivio», comparte Bragado.

Aunque, obviamente, no hay reglas, la experiencia apunta a períodos de dos años para culminar un duelo. «La cuestión no es el tiempo sino lo que haces tú con el tiempo», matiza Bragado, así que, si una persona se enfrenta a una muerte difícil de un ser querido, si ha tenido pérdidas anteriores mal curadas, si sus circunstancias personales no son buenas o si a los 6 meses tiene síntomas ansiosos o depresivos, no ha llorado o no ha empezado a despegar, grupos como Escoita pueden ser muy útiles.

«En cierto modo nos ha devuelto parte de la seguridad para salir nuevamente al mundo. Mi marido y yo -recuerda Marcela, con su duelo aún muy vivo- dudamos ir, pero este grupo te enseña que necesitas avanzar con tu vida, de mejor o peor manera, y que eso no significa el olvido; nos ayudó a no quedarnos en el por qué me tocó a mí, el por qué mi hijo».

A su lado, Bragado retruca: «La primera pregunta es ¿por qué a ti no? Y la segunda, ¿para qué me ha sucedido? Como con toda adversidad, cuando la superas, te haces mejor persona».