El monumento punitivo ideado por el alcalde de Oleiros cambió de ubicación. Fue breve la condena a los «delincuentes ecológicos» de Mera, que inicialmente algunos preveían más dura. Se quedó en cinco meses.
Ese fue el tiempo que estuvo erigido un árbol de acero sobre los restos de cuatro palmeras envenenadas en el paseo de Mera. El metálico vegetal tenía una leyenda bien visible en su copa: «Aos delincuentes ecolóxicos, in memoriam», una escultura erigida no con afán artístico, sino con otro bien distinto. El regidor, Ángel García Seoane, Gelo, sostenía que las palmeras, envenenadas un año antes, habían sido destruidas por algún vecino al que le tapaban las vistas.
Aplicando la ley de las dos tazas, García Seoane plantó un ejemplar de copa opaca. Verde por delante y de acero por detrás. Allí se quedo pese a las críticas de vecinos y oposición. «Se non queren verde, que se queden no asfalto», decía el pasado mes de junio, en el acto inaugural de la figura, el alcalde oleirense. Y allí se quedó el duro árbol, eclipsando sistemáticamente el sol y las vistas en alguna ventana del inmueble situado tras él.
La idea del mandatario ecologista era la de repartir figuras similares en otros espacios donde la naturaleza hubiera sido objeto de otros ataques, pero que se sepa los arboricidas se cuidaron muy mucho de prodigarse en sus aficiones. Entonces se pensaba que el telón metálico de García Seoane se impondría a perpetuidad. Ahora descansa en un almacén. Gelo aprieta, pero no ahoga.