Oli vive desde hace cuatro años con sus hijas en un piso de tránsito de Cáritas
25 nov 2012 . Actualizado a las 07:00 h.Es una persona sin hogar. De las tantas que hay en Ferrolterra. Aunque Oli ya no se siente así. Desde hace dos años vive en un piso de tránsito para favorecer una vida autónoma de Cáritas. Habla mientras da el pecho a su hija menor, de diez meses. Las otras dos, de cuatro y tres años, juegan en el salón de una vivienda que le ha devuelto a la burbuja de la normalidad. Aunque no sin esfuerzo y mucho sufrimiento. Esta joven hondureña, de 26 años, hizo saltar las lágrimas el pasado jueves a muchas personas que participaron en el Cantón en el acto central de la campaña de Cáritas por las personas sin hogar. Leía entonces un manifiesto emotivo pero genérico. La que relata en casa es su propia historia.
«Vine a España hace seis años desde Honduras, porque estaba aquí mi esposo y por la situación en mi país, que es bien difícil», relata. «Llegamos a España buscando un futuro», pero se quedaron sin hogar al verse incapaces de afrontar un alquiler desmesurado en la capital.
Se emociona al recordar los peores momentos, que prefiere no detallar: «Hubo muchas cosas complicadas. Pensé en quedarme en la calle, pero no sucedió».
Sin trabajo y sin vivienda
«Cuando llegué -prosigue-, trabajaba en una casa, limpiando». Recuerda lo díficil que le resultó entonces renunciar a su carrera técnica de Computación, ámbito en el que trabajaba en su país, para dedicarse a servir. Hoy lo que desea a toda costa es un trabajo, «de lo que sea: cuidar niños, ancianos, limpieza...».
Allí, en Madrid, «todo cambió porque él se quedó sin trabajo». Y poco después, también ella, tras quedarse embarazada por segunda vez. Durante unos meses fueron tirando de los exiguos ahorros cosechados. Pero llegó un momento en el que no dieron para más, y recurrieron a la ayuda de un sacerdote al que conocían por haber desarrollado en Honduras un proyecto. Y así acabaron en Ferrol, primero él, y después el resto de la familia, a la que se sumó la pequeña.
Cáritas se convirtió en su salvavidas. «Ellos siempre están con nosotros», reconoce agradecida. Sobre todo, con un piso con salón, tres habitaciones, cocina y baño, «lo imprescindible», que le ha permitido seguir adelante con su vida. «Las niñas son felices, ellas no se enteran. De mayores ya lo sabrán», dice. Tampoco lo sabe su familia en Honduras, a quien Oli no quiere preocupar por su situación. Su madre no conoce aún a sus nietas. Solo por fotos y teléfono. «Ni fuimos nosotros allí ni ella aquí. No podemos pagar un piso... ¿cómo vamos a pagar un billete de avión?», da como explicación.
La existencia de pisos públicos vacíos entristece su rostro. «Es muy injusto. Como los desahucios que hay... Me pongo en el sitio de ellos y se ve difícil. No sé qué haría en esa situación. En vez de tenerlos vacíos, que los den a la gente», pide.
Aguarda con ilusión la Navidad, la época en la que su marido volverá a casa, ya que lleva un mes fuera trabajando en Madrid. «La separación es dura, pero es un sacrificio por el futuro de nuestras hijas». ¿Qué le diría a las personas que hayan pasado lo mismo? Oli no duda: «Que adelante, que no se den por vencidos, que siempre hay una puerta que se abre y que está esperando por ti. La nuestra se llama Cáritas, que ha estado siempre ahí».
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«Es muy injusto que haya pisos vacíos, que los den a la gente»
«Hubo muchas cosas complicadas. Pensé en quedarme en la calle»