Mª del Carmen Rodríguez empezó a trabajar a los 13 años en la tienda que lleva con su marido
25 nov 2012 . Actualizado a las 06:00 h.Solo tenía 13 años cuando entró a trabajar en Crespo. María del Carmen Rodríguez Formigo, Mari, como todos la llaman, vivió su adolescencia, su juventud y su madurez entre hilos, ovillos, botones, agujas y los miles de artículos que forman parte del ancho mundo de las pequeñas cosas de la mercería. La popular tienda de la calle Sombrereros, en el Casco Vello, estaba regentada entonces por Santiago Crespo Alonso, el propietario que la bautizó con su apellido. Mari, que tiene ahora 62 años y ya atisba la edad de la jubilación, tuvo tiempo para aburrirse de pegar la hebra con tanta clientela como ha atendido a lo largo de los casi 50 años que lleva en el establecimiento. Primero, como empleada, y desde 1977, como jefa. Pero nunca se ha aburrido, «porque mi profesión la vivo, me encanta y disfruto aconsejando a la gente», confiesa. De hecho, según cuenta, «si una persona viene con una idea, jamás trato de cambiársela, pero sí le doy mi opinión. Como saben que no engaño, normalmente me hacen caso. ??Lo que tú me digas??, me dicen muchas».
Mari cuenta que decidió respetar el nombre comercial de la tienda fundada por los antiguos dueños a los que reemplazó. «Cuando se retiraron me quedé con el local. Crespo estuvo aquí unos 50 años y falleció casi con cien. Al principio llevaba la tienda con su primera mujer, Maruja, y tres empleadas. Al enviudar, siguió la segunda, Plácida Silveira, que fue con la que yo traté más. Los quería como a unos padres», asegura.
Pero no está sola. Su marido, Manuel Lores Gutiérrez, está a su lado tras el mostrador desde que se convirtieron en propietarios de la misma. «Yo venía del naval, de Ascón. Antes de empezar los conflictos, como veía que las cosas se complicaban, pedí la liquidación, fui el segundo en pedirla, y me reconvertí», resume.
Tanto se transformó, que descubrió un mundo apasionante. «Pero totalmente opuesto a lo que conocía, me costó adaptarme», reconoce, «no sabía el nombre de cada cosa, pero llegó un momento en que me lo aprendí todo, incluso los precios de todo». Manuel, además, se aficionó a las piezas raras: «Empecé a ver artículos antiguas que había aquí y me inicié en el coleccionismo. Ahora vienen fabricantes que nos surten, les enseño cosas de sus marcas que ya no existen -carretes de hilo, agujas, imperdibles, material que ha cambiado mucho- y me las piden, pero por nada del mundo se las doy».
Mari reconoce el esfuerzo que tuvo que realizar su marido: «Él venía de un sector muy diferente. Cuando empezó fue un poco duro, sobre por el trato con la gente. No entendía que estuviera media hora hablando con un cliente, y le tuve que explicar cómo va esto. Pero al cabo de dos años aprendió y hoy, sin problema ninguno», asegura.
En la actualidad, la mercería no ha perdido fuelle. Los arreglos para tunear la ropa están a la orden del día. «Pero no para hacerse prendas, sino para arreglos, se recicla más, se rebusca en los armarios», cuenta. Además, ella se encarga de hacer arreglos en casa, coser botones, poner cremalleras...
La dueña de Crespo explica que su única baza es dar calidad y buen precio: «Quien viene una vez, repite. Y tampoco acaparo, no se trata de eso. Si piden algo que no tengo, les mando a otra mercería donde sé pueden encontrar lo que buscan».
A María del Carmen le quedan tres años para jubilarse y a Manuel, dos. Pero Crespo tiene relevo. Su hija, Ana. «Ella piensa continuar el negocio. Es su herencia».