El palista grovense recuerda las vicisitudes de un viaje un tanto peculiar
22 nov 2012 . Actualizado a las 07:00 h.La catoirense María Pérez fue quien abrió el camino el año pasado al aceptar la invitación de uno de sus patrocinadores. Aquella experiencia no resultó del todo mal y la vikinga se llevó hace unas semanas a varios de sus compañeros para compartir lo que se acabó convirtiendo en toda una aventura. Será Tono Campos quien nos vaya relatando todos los avatares que sufrieron, o disfrutaron vaya usted a saber, también los gallegos Óscar Graña, David Mosquera, José Manuel Sánchez, Manuel Garrido, Alberto Díaz, el palentino Jorge Alonso y el catalán Albert Corominas en Hangzhou.
El primer día ya sorprendió a los deportistas porque en lugar de hospedarse en un hotel lo hicieron en una escuela del partido comunista. No hubo tiempo para examinar mucho el alojamiento porque a la mañana siguiente, a las 9.00, estaba fijada la primera prueba. La intención de los organizadores era que los palistas europeos sirvieran de espárrines para los componentes de su selección, que estaban preparando los Juegos Asiáticos y quizás, para darle moral a sus muchachos, Campos recuerda que las canoas que les proporcionaron eran cuando menos sospechosas: «Como se vas xogar o fútbol a un campo de herba e o teu rival che da unhas botas sen tacos para xogar contra eles, que teñen o último modelo e a mellor marca», define.
El lugar donde se celebraba esa primera prueba tampoco era el mejor, «unha canle de trinta metros de ancho e con dous muros verticais. Remabas e remabas pero aquilo seguía igual. Querías esforzarte máis para non darte un baño naquela auga tan marrón. Pensabas ?vou tirar que así chego antes' pero conforme van pasando os quilómetros, ves que non mellora e desesperas». Tono llegó incluso a plantearse abandonar, algo que solo hizo una vez en su vida y por lesión, pero aguantó y cruzó la línea de meta.
La comida internacional
El humor de los palistas españoles al concluir la regata era bastante mejorable pero el cambio de residencia a un hotel de nivel comparable al cabreo calmó los ánimos. No ayudó, es verdad, el menú de la cena oficial. «Penso que o máximo que probamos foron tres pratos duns vintecinco diferentes», recuerda Campos que, con sus compañeros, acabó la noche en una multinacional que campa a sus anchas igual por China que por la zona portuaria de Vilagarcía
La segunda prueba se disputó en un lago, pero los organizadores cambiaron el formato inicial y lo convirtieron en una contrarreloj de diez kilómetros. Y después llegó el momento turístico: «Vimos un templo budista, unha montaña que tiña un manantial de auga mineral moi famoso, unha prantación de té e unha fábrica de seda». Shanghái fue el siguiente destino y todo un choque por los atascos y los megacentros del todocopiado. Faltaba el último trago: las dieciocho horas de avión de vuelta a España. Como resume Tono Campos: «Foi unha experiencia inesquencible pero non sei se a repetiría».
Piragüistas arousanos en la regata de hangzhou