Antía Cal, la luz de «Entrepontes»

Maxi Olariaga MAXIMALIA

FIRMAS

Entrepontes renace por vez tercera ¡A la tercera va la vencida! Pues, oiga, han vencido. Han retorcido el grito y domado el silencio y aquí están otra vez soplando sobre el papel como Jehová sopló sobre el barro para esculpir a Adán con su dedo de estrellas y así crear la libertad.

El Instituto Campo de San Alberto de Noia alumbró su tercera sabiduría expirada de la boca de trece rosas, tal vez jazmines adolescentes (Miguel Hernández) que a los viejos nos asombran y nos abren en canal como si una luz de mercurio alzado al rojo vivo nos fundiera el corazón en la amada lava de las almas que buscan, sin pedir nada a cambio, la libertad sin ira.

Llegada la senectud, uno comprende el valor frugal y suficiente de las lecciones de los jóvenes rebeldes que buscan las respuestas perseguidas a través del avatar. Ellos tan jóvenes han buscado entre los viejos. Han indagado los caminos, las soledades, los atajos nobles y hasta los túneles que pudieran llevarles a la sabiduría de la que adolecen. Por eso, entre otros iconos sempiternos, eligen a Antía Cal para reivindicar esa ensoñación inalcanzable que todos tuvimos cuando los noventa años eran una lejana quimera.

Antía Cal (La Habana, 1923) que cabalga serena por los campos de su novena década, desvela confidencias y secretos milagrosos a la redacción de Entrepontes y les regala un planisferio de sensaciones agridulces jamás contadas en público. Antía, que mereció el premio Trasalba 2012, tiene, desde su inabordable galería, muchos secretos que contar.

Fuera llueve, llueve y llueve y con las humedades que resbalan cristales abajo, la redacción va filtrando en un cedazo de letras vivas, la imposible historia que reafirma que se puede ser mujer y no morir en el intento. Son respuestas contundentes a contundentes preguntas. «Cómo ve a diferenza entre a súa infancia e a dos seus fillos? É outro mundo», contestan los noventa años de Antía Cal.

A otra pregunta sobre cuándo su marido Antón Beiras, le propuso matrimonio, responde: «Eu non quería repetir de ningunha maneira a vida de miña nai. Na vida de miña nai non había nada negativo, pero non era a que eu quería». Antía Cal sabía perfectamente, hace setenta años, que era un ser humano con los mismos derechos y obligaciones que su marido o cualquier otra persona que en su época ocupaban esta tierra tan exigente que cada mañana nos bendice y nos obliga a la decencia y al respeto propio y ajeno.

«Tiñas que aprender todo de memoria», dice Antía en otro viaje de la entrevista. Ahí se dio cuenta de que fallaba el método. ¡El método! La memoria olvida y a veces se traiciona a si misma, debió pensar Antía. No fiemos la enseñanza a la memoria porque harán de nosotros unas marionetas.

Este artículo no tiene otro objeto que animarles a que consigan mecer entre sus manos este tercer número de Entrepontes. No solo descubrirá usted a Antía Cal en ella. También podrá casi escuchar a Luz Casal afirmar que: «Como individuo sin género, defiendo la justicia». O también: «Si empiezo a analizar el pasado me pierdo el presente y necesito aprovecharlo». Aprovechen pues el presente. Léanse esta joya y presuman de ella. Vale la pena.