En una esquina de una carretera mal asfaltada de la parroquia de Cabral se encierran las verdaderas claves de la política de Vigo. Allí, el viernes pasado, cumplió su primer año de vida un bache y los vecinos compraron una tarta, soplaron velas y brindaron. Podría sonar a disparate, pero esto es alta política.
Cuando los vecinos se quejan, se monta un gabinete de crisis en el Concello. Gabinete de crisis en el Concello. El portavoz va a ser el concejal del PSOE Ángel Rivas. De estas cosas sabe más que nadie porque hasta hace pocos meses dirigía una empresa de hormigones que trabajaba en las humanizaciones que adjudicaba el propio Concello. Rivas se pone a la altura de los grandes estadistas de la historia y reconoce que el bache no se ha reparado; pero no porque el Concello no quiera, sino porque «no nos ha llegado una subvención de la Xunta». Y añade que el armadanzas de la protesta es «un dirigente camuflado del PP». La profunda reflexión de Rivas encierra dos verdades profundamente democráticas: 1) si yo no hago algo es por culpa de los demás y 2) todo el que me critica tiene cuernos y rabo o es del PP.
La respuesta del PP es de traca. Muy fina, muy dispuesta y muy conmovida, a la delegada de la Xunta en Vigo no le importuna en absoluto acercarse a ver a esas gentes del rural vigués y se presenta en Cabral, lugar de los hechos. En política hay que mancharse las botas. Afectadísima y sencilla, explica a los vecinos que el malo-malo-malísimo es Caballero: «No recogió una subvención de 50.000 euros». Que la Xunta quiere, pero él no les deja. Que el Gobierno gallego es adorable, los Reyes Magos existen y pedid y se os dará.
El Bloque no dice ni mu. Total...
En las elecciones autonómicas de hace once días, PP, PSOE y BNG perdieron en Vigo en total 47.143 votos.
¿No les dije que era alta política?
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