El hombre que se dejó 56 litros de sangre por ahí

Maquinista de tren jubilado, ayer realizó en Santiago su donación 113


santigo / la voz

Carmelo Costa es un tipo que ha vivido deprisa. Tanto como puede vivir un conductor italiano de tren de alta velocidad, su profesión hasta que echó el freno para jubilarse. Atrás quedaron los tiempos en los que, a los mandos de un Pendolino, corría por Italia arriba, como una cremallera eléctrica, a 250 kilómetros por hora. Secretario de la Associazione Volontari Italiani Sangue (AVIS), cambió las ruedas por las piernas y decidió echar a andar. La estación de destino la tenía clara: Santiago de Compostela. Y la de origen, su Turín natal, la tierra de Giovanni Agnelli, fundador de la FIAT. Esta vez, eso sí, sin mirar el horario de llegada: dos meses y medio caminando sin otro objetivo que promover la donación de sangre.

Dice Carmelo que la primera vez que se decidió a entregar altruistamente -no hay otra manera de hacerlo- un fluido tan valioso como su sangre fue en 1970. Desde entonces, la aguja le ha atravesado la vena en otras 112 ocasiones. Y eso ha convertido sus venas en gruesas cañerías de las que, sin embargo, sigue brotando el medio litro de vida que, de vez en cuando, regala a la humanidad. Y ayer, para celebrar el fin de su peregrinación, Carmelo se fue a que lo pincharan con gracia y salero en el Centro de Transfusión de Galicia, donde lo agujerearon discretamente: y van 113. En esto de la donación no hay fronteras. Y en la central del banco de sangre de Galicia, el único banco que siempre da crédito, no hay cuentas corrientes, ni nacionalidades, ni se pagan más intereses que el interés general.

Así que la sangre italiana de Costa podría acabar, perfectamente, en las venas de una señora rubia de Mazaricos, y eso es lo que hace grande a este gesto desinteresado y a personas como Carmelo,.

«Lo único que quiero -decía el donante- es animar al mayor número de gente, sobre todo a los jóvenes. Es algo importante, los donantes necesitamos recambio porque ya vamos teniendo una edad».

Sobre su experiencia en el Camino de Santiago solo habla bien. Salió de su casa en Settimo Torinese como quien va a sacar al perro, pero la cosa se le hizo larga. Y piano, piano, a Santiago fue, ligerito, caminando. «Solo tuve que descansar una jornada, en Burgos, pero ha sido una experiencia óptima». El maquinista retirado dice que ha hecho en su vida profesional tantísimos kilómetros a más de 250 por hora, a toda pastilla, que se juró a sí mismo que, en cuanto se jubilara, «haría otro tanto, pero despacito».

Hoy se va a Barcelona dejando su contribución sanguínea en Compostela. También disfrutará de una jornada en Gerona y, finalmente, volverá a casa. «Estoy muy feliz de haber llevado a cabo esta iniciativa», dice. Y tiene motivos.

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