Coincidiendo con el cuatrocientos aniversario del descubrimiento de América, la corporación viguesa decide llamar calle de Colón al Ramal
02 oct 2012 . Actualizado a las 07:00 h.«En esta calle si quieres gastar doblones de a cinco para dotar grandemente de un comercio a tu distrito, encuentras seis almacenes a cual de ellos más surtido de géneros coloniales», se puede leer en Guía del forastero en Vigo. Escrita en verso por unos cuantos haragantes (1879). Se refería al Ramal, la vía de enlace entre el muelle y la carretera de Madrid. Esta calle pasó a denominarse Colón el 7 de octubre de 1892, a propuesta de un grupo de concejales, entre quienes estaba el periodista y abogado republicano Delio Fernandez Chao. España celebraba el 400 aniversario del descubrimiento de América, y la recuperación del nombre de Cristobal Colón se extendía por todo el reino.
En la misma reunión, se aprobaba colocar la placa que rotularía la calle en un acto solemne a celebrar el 12 de octubre. Pero no se trataba de una calle nueva. Si acaso, seminueva porque el Ramal estaba abierto desde hacía unos años. Hacia 1875 se había concluido el malecón que cerraba los terrenos ganados al mar en la parte baja de la ciudad. Desde el final de la Alameda, como continuación a la calle que nacía en el muelle de madera, partía una vía hacia la estación de ferrocarril, que después iniciaba la carretera de Madrid, la actual calle de Urzaiz.
Por esta razón era una calle viva y muy ruidosa, que tanto mostraba el paso de ganado como a los distinguidos socios del Gimnasio. «Una acreditada fábrica de jabón que ha merecido en varias exposiciones los premios más honoríficos; dos fraguas tiene montadas un maestro vizcaíno capaz de apuntar por día dos mil cuatrocientos picos: tanto fabrica herramientas de acero dulce y fundido como construye las ruedas de los sólidos vehículos», añade la guía viguesa de la época para mostrar el aspecto industrial del vial.
Las nuevas calles viguesas ofrecían toda la pujanza del comercio asociado a la existencia de colonias por lo que la figura del armador era vital. Francisco Tapias, Manuel Bárcena y José Barreras se repartían el negocio y, cada uno de ellos, «despacha cada mes sus...buques...ya sea para la costa, para Cuba o Puerto Rico». Alguno de estos también mantenía abiertas rutas con el Mediterráneo.
Capilla y colegio
Unido a este comercio estaban las relaciones internacionales y Vigo, a pesar de no ser capital provincia, daba espacio a los consulados más variopintos. En la calle Colón se encontraban la sede de la oficina diplomática de Italia y Brasil, unidas en la misma figura de Francisco Filgueiras Casal, como Miguel González Fernández en sus apuntes a la Guía del forastero en Vigo.
Y aún había espacio para el colegio San Luis y «una capilla que riñe con nuestro catolicismo y que tan solo funciona a los jueves y domingo». Se trataba de un centro religioso para los marineros extranjeros. Y es que la presencia continuada de flotas militares, como la británica, llevó incluso a hacer un espacio en el cementerio de Picacho para el enterramiento de personas no católicas. Fue un logro del vicecónsul británico, Manuel Bárcena, que consiguió acotar parte del cementerio vigués para dar sepultura a los no católicos.