El senderismo marida bien con la vieja búsqueda del tesoro. El geocaching está de moda y ya hay un millón de botines ocultos por el planeta
24 sep 2012 . Actualizado a las 07:00 h.La parroquia de Santiago de Cerreda, colgada a 700 metros sobre el cañón del Sil, tiene casi más tesoros que casas. Tesoros simbólicos, claro; tal vez pequeñas piezas de bisutería, libros o discos ocultos en la naturaleza a la espera de que alguien los desentrañe.
Para hacerlo es imprescindible el GPS, porque en el juego del geocaching se usan coordenadas geográficas. Desde la aldea de Alberguería apenas hay cinco minutos hasta el primer cache, que así se llama cada pista escondida que conduce, paso a paso, hasta el botín.
Empiezan las dificultades. «El GPS tiene errores de precisión de hasta cinco metros», avisa Adolfo González, el experto que nos acompaña. Esta vez hay suerte: ¡solo un metro y medio! Pero, con todo, es necesario buscar la pista en medio de un pedregal, y hay mucho que remover. Nada por la izquierda, nada en las rocas de la derecha... Solo quedan las losas sueltas del muro y... ¡bingo! una cajita negra. En su interior hay instrucciones para montar un puzle de madera que revela... otras coordenadas, las del siguiente cache. Esto se pone divertido.
El Souto de Vilouxe es un museo natural de castaños centenarios que cimbrean al viento sus ramas para darnos la bienvenida. Imposible abrazar sus troncos, de tres metros de diámetro. El error del GPS nos mete en otra encrucijada. Revisar la hojarasca del suelo semeja una tarea inabarcable, pero, por suerte, «está prohibido enterrar tesoros», ilustra el tutor. Bueno, eso reduce las posibilidades. La mirada se posa entonces en el hueco de un árbol que parece el nido de una ardilla, y en su interior, la mano audaz sorprende otro cache con nuevas coordenadas. A seguir buscando.
«Este es un juego multicache, con varias pistas», explica el propietario de la Casa da Eira, donde ha creado dos rutas de geocaching para sus clientes; muchos de ellos, «ingleses, escoceses y alemanes» que llegan al lugar atraídos por el paisaje y la posibilidad de practicar esta variante enrevesada del senderismo.
Pero volvamos a nuestra ruta. Las instrucciones anuncian una sorpresa «mágica» al final: el ignoto mirador de As Escadas, donde el paisaje se desploma medio kilómetro por el cañón hasta un meandro del Sil. Bajo una piedra aflora el tesoro. Por supuesto, en otra caja hermética. El cofre desvela al fin su misterio. ¿Será un libro, un disco...? No. Esta vez son simples canicas. Junto al trofeo, una libreta y un lápiz para dejar constancia firmada de tan valioso hallazgo. Ya solo queda... volver a esconderlo, claro.