La aldea detiene el taxímetro

maría cedrón REDACCIÓN / LA VOZ

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VÍTOR MEJUTO

La crisis muda los hábitos estivales de los emigrantes gallegos, ya que unos regresan a sus pueblos de origen y otros acortan sus vacaciones

19 ago 2012 . Actualizado a las 07:00 h.

En la plaza del pueblo, en Quindós, en los Ancares lucenses, hay aparcados dos taxis de Barcelona. Son negros y amarillos. No hace falta mirar la matrícula. «Son de dous irmáns daquela casa de alí», indica un hombre que descansa a la sombra de los castaños centenarios que escoltan la plaza. Los hermanos son Ovidio y Suso. El primero, el mayor, se fue a Barcelona cuando tenía veinte años. El segundo, el pequeño, cuando acabó la mili, a los 24, «justo cuando fue el golpe de Estado», recuerda. En casa quedó Alfredo, el del medio, que con su mujer Inés regentan ahí en el pueblo el bar Alfredo, que en realidad es disco-bar.

Estos dos hermanos de Quindós forman parte de esa oleada migratoria que, sobre todo desde la provincia de Lugo, puso rumbo a Cataluña en los años sesenta, manteniéndose luego durante toda la década de los setenta y principios de los ochenta. Muchos acabaron trabajando como empleados en la hostelería primero y luego se convirtieron en autónomos. Algunos regentando un bar o un restaurante y otros poniéndose al volante de un vehículo de servicio público. «En los taxis hay mucho gallego», aseguran en el pueblo. No hay más que recorrer la montaña lucense un día de verano para ver cómo las pistas están inundadas de unos coches curtidos en «hacer carreras» por las calles de Barcelona.

Cada verano, desde que se fueron, los tres hermanos se reúnen en Quindós. La familia al completo, porque a sus hijos que son adolescentes todavía les gusta venir al pueblo donde están sus primos. «El otro día organizamos un botellón en la plaza, vinieron los de Vilaber, colocamos un foco y... muy bien», cuenta la hija de uno de ellos mientras busca un punto de cobertura en la plaza.

Pero aunque les gusta estar ahí en verano, hacer aguardiente y dejar la casa perfecta para el resto del año, «cada vez podemos venir menos tiempo por el trabajo, porque a final de mes hay que pagar las facturas», explica Suso.

Ese cambio de hábito resulta ser una consecuencia directa de las dificultades por las que atraviesa la economía española. Porque en los tiempos que corren a unos autónomos como ellos les resulta complicado parar el taxímetro mucho tiempo. Además, sus esposas trabajan y también han de volver. «Antes, cuando los chicos eran pequeños, no trabajaba y pasaba aquí todo el verano», dice Estrella, la mujer de Ovidio. Y Marisa, la esposa de Suso, le da la razón.

Ellos no podrán quedarse tanto tiempo como otros años, pero también hay los que, pese a regresar al pueblo como cada verano no hacen tanta vida social como otras veces. «Están más en casa», observan también en Quindós.

Donde hay más clientes que otros años en el hostal de San Román, en Cervantes. «É xente que ten aquí algún vínculo e aínda que veñan para o hostal e teñan que pagar non gastan como gastaban indo por aí a Canarias», explican en San Román.

Pero no solo hay más catalanes (algunos gallegos de segunda generación) o emigrantes en Cataluña. Ese redescubrimiento de la montaña lucense parece haberse afianzado también entre turistas de otras partes de Galicia. «Aquí tamén hai da Coruña ou de Vigo», dicen en el hostal.

La montaña continúa llenándose en verano, pero aunque hayan venido algunos que llevaban tiempo lejos de esta tierra, no es el bum de hace dos décadas. «Porque os que se foron xa primeiro son maiores e non poden vir e os fillos e os netos que viñan de rapaces xa teñen a vida alá», resume un hombre que trabaja por toda la comarca. Todos los hábitos de veraneo cambian también ahí.