Marino mercante de profesión transportó aceite «para los malos» en el Golfo Pérsico
14 may 2012 . Actualizado a las 07:00 h.En la vida de José María Suárez-Llanos ha habido de todo menos aburrimiento. La primera sorpresa para la reportera es el escenario que elige para la cita: la terraza de la torre de Toralla. «Es mi rincón favorito. Aquí se escucha respirar al mar y a la ciudad». Es una de las contadas personas que tienen la llave que da acceso a dicha terraza, que alberga material muy sensible. Y es que allí están parte de los ojos que vigilan día y noche la ría en forma de antenas, radares y otros artilugios técnicos. José María, en su calidad de director del Centro de Salvamento Marítimo, es una de esas contadas personas. «Suelo venir una o dos veces al mes. Aquí tengo la misma sensación que cuando vuelo. Es lo más parecido a flotar», dice.
Con un padre marino de guerra, su futuro, igual que el de varios de sus once hermanos, estaba escrito. Y eso que el joven José María soñaba con ser aviador, «pero no era muy buen estudiante y se me cruzó la Química», así es que terminó en la Marina Mercante. Recorrió el mundo transportado de todo, incluso «aceite de lubricante para los malos, que entonces eran los iraníes. Era un producto estratégico para tanques y otro material de guerra», afirma.
Intentó varias veces quedarse en tierra, alguna por amor, pero el arte no daba para vivir. Y es que una de sus pasiones es la pintura. «Me considero un buen acuarelista», señala. Su tema recurrente, claro, es el mar. Volvió a intentarlo unos años más tarde montando con «unos colegas» una empresa de robótica submarina. Tampoco cuajó porque fueron unos adelantados. «Hace veintitantos años Vigo no estaba preparado para asumir de manera comercial esa tecnología. Las empresas se fiaban más de los buceadores y apenas nos contrataban», explica.
Seguro que esa querencia por los batiscafos tuvo mucho que ver en una de sus experiencias más curiosa. Fue una de las contadas personas que descendió a 4.000 metros de profundidad, que es a los que permanece hundido el Prestige, a bordo del minisubmarino francés Nautile. «Sí, bajé hasta los famosos hilillos de plastilina», dice. Sus dos compañeros de viaje fueron los que descubrieron el Titanic en el fondo del mar. Explica que no tuvo miedo, aunque reconoce que tragó saliva cuando el sumergible superó la barrera de seguridad de 200 metros, que hasta donde bajan los submarinos. «Pensé ?ya no hay marcha atrás? y entonces dejé de preocuparme».
Lo que contempló allá abajo, también el desastre ecológico, lo recordará siempre: «Medusas transparentes, peces rarísimos y blancos, pulpos con membranas entre las patas...». Cinco horas -más dos de bajada y una de subida- recostado en una especie de camilla con brazos articulados dan para mucho, hasta para que le doliera todo.
Fue uno de los cuatro españoles, el único del servicio de Salvamento Marítimo, que bajó al Prestige. El día a día en el centro vigués, a cuyo frente está desde su creación en 1996, también le ha deparado momentos bien intensos. Como la Nochevieja de 1999. El famoso Efecto 2000, que no apareció, les mantuvo en vela. «Estábamos preparados para un posible colapso: mucho dinero en caja porque se temía que las tarjetas no funcionaran, y manzanas, muchas manzanas entre los víveres porque es la fruta que más aguanta».