Ledicia Sola recibió en el parvulario las claves de su carrera de actriz
07 may 2012 . Actualizado a las 07:00 h.Hacía 19 años que Ledicia Sola (Ourense, 1978) no recorría el camino entre la vivienda familiar de Progreso y el colegio Concepción Arenal. El paseo propiciado por esta cita entre pupitres provocó en la actriz una colisión emocional que la zarandeó de la sonrisa a la lágrima en su itinerario por los espacios de su parvulario.
Las impolutas mesas de la clase de infantil son las mismas que ocupó la actriz hace casi 30 años. Sobre uno de estos hexágonos trazó Ledicia sus primeros dibujos y allí fijó en su memoria versos, como los de Manuel María, que ahora brotan de nuevo: «Galicia docemente está ollando o mar...»
Ledicia es la actriz, pero Lolita copa el inicio de la escena con una energía que transporta a Sola, a la velocidad de una frase, a su primera infancia: «Siempre quise que mis alumnos tuvieran capacidad de soñar, emocionarse e imaginar porque en los sueños está la base de sus vidas futuras».
En ese discurso descubre Ledicia las claves de su oficio: «Esas tres cosas son las que necesita un actor». Así que no le resulta difícil confirmar la opinión que se ha venido formando en los últimos años: «La impronta del colegio fue, sobre todo, esta etapa. Luego fue más ir pasando cursos, pero esta fue la etapa más creativa».
No es difícil creerla cuando Lolita se desata de nuevo con las actividades que ha ido construyendo en el aula, desnudando para sus pequeñísimos alumnos las imágenes de Velázquez, las andanzas del Quijote o las óperas de Wagner: «Hay que cultivar el espíritu de los niños, enseñarles a ver la belleza. El aula era como algo espiritual, un viaje cada día maravilloso», sentencia con la melancolía de la primera etapa de jubilada.
«En esa época el colegio para mí era un pasión -recuerda Ledicia-. Yo no quería irme de clases. En todos estos años conservé un recuerdo medio perdido, pero ahora, escuchando a Lolita hablar, lo veo claro: ¡Cómo no iba a querer quedarme, con ese entusiasmo!».
Lolita dedicó 40 años de su vida al colegio Concepción Arenal, donde se jubiló el curso pasado. «Los niños ahora son más inquietos, lo quieren todo ya y les cuesta aprender a ceder, pero yo siempre viví la educación de una forma muy romántica, empeñada en formarlos como personas».
Ledicia saltó del colegio al Otero Pedrayo, donde guarda especial memoria de Elba, la profesora de inglés. Después, Arte Dramático en Madrid y cursos de interpretación en Londres y Nueva York. «Siempre lo tuve claro, aunque de pequeña, antes que actuar, quería cantar. Con 8 años empecé en la Escuela de Artes Escénicas de Mariluz Villar. Ahora que la cosa va bien, la profesión es muy bonita, pero es dura». Exactamente como le advirtió su profe de parvulitos: «Siempre les enseñé que la vida es un esfuerzo constante, ¡pero la compensación es tan gratificante!».
«Ledicia era una niña alegre y cariñosa, muy creativa y comunicativa. También era autocrítica y tenía una vida imaginativa muy rica. Recuerdo algo peculiar: ella siempre utilizaba estrategias para solucionar los problemas porque no era nada dependiente; tenía una actitud muy positiva y cooperaba en todas las actividades de la clase».
«Tengo un recuerdo muy claro de aquella época saliendo de la clase agarrada de su mano. Y, sobre todo, de la pasión, la ilusión, la manera de contar las cosas y cómo conseguía que tú fueses parte de ellas; sus historias eran tus historias. La figura de Lolita la tuve siempre presente porque ¡fue tan impactante la marca que dejó en mí! Yo, obviamente, tenía una vocación pero, si no encuentras las personas adecuadas por el camino, igual no se desarrolla y para mí fue importante encontrarla en esos años de mi vida».