Aprender a vivir en un hogar sentenciado a muerte

Toni Silva SADA / LA VOZ

FIRMAS

Marisa Arijón aún tiene esperanzas de que su casa no sea derribada
Marisa Arijón aún tiene esperanzas de que su casa no sea derribada GUSTAVO RIVAS

Cada día que pasa es uno menos para que el hogar de Marisa Arijón siga en pie. La justicia ordena su derribo

29 abr 2012 . Actualizado a las 07:01 h.

Imagine que un día se encuentra usted esperando a alguien en el portal de su casa con el cuerpo apoyado en una esquina de la entrada. De pronto llega su vecino del quinto y le pide que se aparte, que quiere pasar. Usted se sorprende por la petición mientras observa que por el hueco que queda libre pueden pasar su vecino y tres más como él. Piensa entonces que se trata de una broma, pero su vecino le insiste en que quiere acceder al portal del edificio exclusivamente por el lugar en el que usted tiene el cuerpo apoyado. Como se ve con toda la razón, se empecina en que de allí no se mueve. Pero su vecino consigue la presencia de un policía municipal que, para su sorpresa, también le insta a usted a que se retire de esa esquina del portal.

Esta situación ficticia resume el calvario que vive Marisa Arijón desde hace más de seis años en su vivienda de Soñeiro, una parroquia de Sada. Uno de los vecinos denunció que la casa de Marisa invade un paso de servidumbre que desemboca en fincas de su propiedad. Tanto la primera instancia como la Audiencia Provincial han dado la razón al denunciante -un abogado de Sada- y ahora se ordena el derribo de la vivienda, una casa de menos diez años cuya finca concluye con una pequeña piscina. De poco ha valido que la dueña ofreciese un paso más ancho en el lateral del inmueble. Una oferta similar realizó el dueño de una finca colindante, facilitando un nuevo camino en línea recta. Pero el denunciante insiste en que quiere el camino original. Y punto.

Embargo de cuentas

El que debía ser el inicio de un retiro de tranquilidad se ha convertido en una maratón de abogados, visitas a catastros y registros. «Ya nos están embargando dinero y propiedades para pagar el derribo, en total unos 18.000 euros», señala Marisa, a quien ya hace tiempo que los pómulos rozan la piel de la cara por el estrés de la agónica situación. A su cargo está un marido de baja por problemas de salud y una hermana de 80 años que exige atenciones constantes. Ella misma sufrió un infarto hace un año. «Estoy a tratamiento psiquiátrico, no es para menos», sentencia. No ha tenido fortuna con sus defensores, de hecho su abogada murió durante este largo proceso. «El mismo día que la enterraron nos llegó rechazada la apelación desde el juzgado», recuerda. La casa está salpicada de fotos de sus cuatro nietos, inquilinos ocasionales de este inmueble próximo a la N-VI.

Marisa asegura que llamará a las puertas del Tribunal Supremo «o a donde haga falta», pero quiere alejar lo más posible el momento en que se vea recogiendo esas fotos en una caja para buscar otro lugar donde vivir. «Vendimos nuestro piso de A Coruña y una pequeña casita para hacer esta, pero no me puedo arrepentir de haber comprado una finca libre de cargas, lo que me está pasando es terriblemente injusto», insiste.

Precisamente, en el frontal de su fachada cuelga un cartel en el que pide justicia y por el que también agradece el apoyo de buena parte de los vecinos, que se han manifestado en favor de Marisa y su marido Antonio a través de las redes sociales. «Cuando me despierto cada mañana solo pido que siga siendo de noche, solo me apetece cerrar los ojos y seguir en la cama», asegura.

Su casa invade un paso de carro. Ella ofrece otras vías, pero no las aceptan