Cuando el cole está muy lejos

FIRMAS

OSCAR CELA

En la alta montaña de Os Ancares, los alumnos recorren unos 30 kilómetros de carreteras sinuosas para ir al colegio

02 mar 2012 . Actualizado a las 07:00 h.

A José lo despiertan los gallos antes de que se haga de día. A las seis y media, las mañanas buenas. Un poco antes cuando hiela o cuando el frío de la montaña usa la magia para convertir la lluvia en nieve. Este año no la utilizó mucho. Solo dos días el todoterreno que conduce no pudo hacer el complicado recorrido desde Cabanaxará, su aldea en Galicia, hasta Suárbol, en León, y Piornedo, de nuevo en territorio gallego. Es la ruta que hace para recoger a la media docena de escolares que transporta hasta el cruce de Moreira, en Cervantes. Allí se cambian al minibús de Abel y Rosalía, que los conduce hasta Navia de Suarna. «Antes facíamos todo o camiño, pero moitos días que nevaba non podíamos subir», recuerdan.

Es viernes. No ha helado. El sol broncea la montaña. Desde la casa de Ana se ve avanzar el todoterreno de José. Hace años esa vivienda fue una escuela. Era cuando había muchos niños. Ahora son tesoros. Solo hay tres. Sus hijas. Las primeras pasajeras de José. Hace ya unos minutos que están preparadas. El transporte llega justo en punto. A las 8.30 horas. Los viernes no las trae de vuelta. «¿Hoxe teñen logo manualidades?», le pregunta a Ana. «Tienen, claro», responde ella. Y entonces se despide con un «ata o luns».

Suben al coche. Antes se peleaban por la plaza. Pero la guerra ha quedado zanjada. La mayor, también Ana, tiene dieciséis años. Va delante. Y Pili y Mari, las pequeñas de diez, van atrás.

El todoterreno avanza entre curvas y curvas por una pista rebacheada bordeada de abedules escoltados por decenas de carballos. Y sobre ellos un halcón saluda desde lo alto una mañana de febrero que parece no ser de invierno. Es más de otra estación.

Cuando empieza Galicia, la carretera cambia. Ya no hay grava. Continúan las curvas y los cambios de rasante. Y tras un recodo comienzan a vislumbrarse las pallozas de Piornedo. Y José va parando casa por casa. «Teríamos que levalos a un punto, pero non lle importa e venos recoller á casa», dice Mari Carmen, la madre de Carlos. Es uno de los otros tres escolares que recoge en el pueblo y la suya es la segunda parada. Primero sube Andrea. El último es Miguel. Su padre le ayuda a subir la mochila. Hay hielo en el camino y puede resbalar.

Ninguno volverá hoy en el transporte. «Cando teñen cousas ao rematar a clase vai un pai cada día a buscalos», comenta Mari Carmen mientras dice adiós. Una hora para ir. Una hora para volver.

La ruta continúa entre montañas. Los pasajeros bromean y alguno cabecea. A lo lejos ven bajar el minibús de Abel, que sale de Moreira. Justo cuando llega al stop del cruce, los viajeros alcanzan destino. No precisan móvil. Ya se ven.

Es un cambio rápido. El minibús continúa su baile serpenteante de ladera en ladera. Con el pico Mustallar al fondo, empieza a bajar rumbo al valle. Hace buen tiempo y llega antes. A las 9.36 horas, después de una hora de viaje por una ruta que ya no les marea. Son de los primeros en aparcar junto al grupo escolar. Poco a poco llegan otros todoterrenos y furgonetas. Ningún alumno puede apearse hasta que toque el timbre de entrada. Suena a las 9.45. Entonces bajan y entran. Pura disciplina militar.

En Suárbol y Piornedo Un Viernes. De De 8.30 a 9.45 horas.