Contienda entre extremistas

Leoncio González

FIRMAS

Las elecciones que celebra Irán pasado mañana tienen un doble interés: de un lado, determinar qué capilla se sitúa mejor para liderar la siguiente etapa del régimen, que se abrirá con las elecciones presidenciales del año que viene y en la que ya no estará Ahmadineyad. Por el otro, medir el respaldo que todavía conserva la teocracia fundamentalista entre la población después de la brutalidad con que ahogó las protestas hace tres años.

Se trata de una contienda entre extremistas porque, como ocurrió con el franquismo en España, la República Islámica ha ido expulsando a través de sucesivas crisis a los individuos más flexibles y dialogantes en beneficio de los más intransigentes y radicales. En este sentido, llama mucho la atención el duelo que opone a los «principalistas», parapetados tras el beneplácito del líder supremo y partidarios de llevar a las últimas consecuencias lo que significa ese título, frente a los «desviacionistas» aglutinados en torno a Ahmadineyad y que desearían un menor intervencionismo político del mandamás del chiísmo

El morbo que despierta la posibilidad de que esta disputa desemboque en un cisma irreparable no debe ocultar la competición fratricida que, al mismo tiempo, mantienen dentro del «principalismo» la derecha extremista, la derecha moderada y la derecha tradicionalista: aliadas entre ellas para reducir a la marginalidad a los seguidores de Ahmadineyad, albergan diferencias de calado que trascienden la política interna iraní y afectan a la estabilidad de la zona ya que, aunque todas las facciones son igualmente totalitarias, unas están más decididas que otras a llegar más lejos en la defensa de sus ideas.

No se puede olvidar que son las primeras elecciones que celebra Irán desde que la marea verde reformista invadió las calles reduciendo a cenizas el mito oficial de que la mayoría de la población estaba detrás del régimen. Una elevada abstención, como la que da a entender la apatía con que se ha seguido la campaña, indicaría a los propios iraníes y al mundo entero que los caminos de los ciudadanos y los del sistema se han bifurcado y que ya solo se pueden mantener unidos por la fuerza.

Tanto los reformistas encarcelados o exiliados en el interior como la oposición en el extranjero boicotean la convocatoria: cuantas menos papeletas vayan a las urnas más amplia podrá parecer su audiencia.