Por el momento solo triunfa el caos


L o que ocurrió hace unos días en Bengasi podría parecer una especie de teatro conmemorativo: los mismos guerrilleros que hace un año se sublevaron en esa ciudad contra el régimen de Gadafi volvían a salir a las calles y a disparar, y lanzar bombas incendiarias y granadas contra la sede del Gobierno. Solo que no era una conmemoración ni tampoco era teatro ni esta vez atacaban al ya desaparecido Gobierno de Gadafi, sino al nuevo, el que ellos mismos ayudaron a instaurar.

La situación se ha calmado por el momento en Bengasi, pero la proliferación de guerrillas es el principal problema de la Libia pos-Gadafi. Tan solo en Misrata se cuentan más de doscientas. No es fácil decir si el aeropuerto de Trípoli, en el que acampan por su cuenta más de un millar de hombres armados de la localidad de Zintan, es el mejor o el peor vigilado del mundo. En las montañas de Nafusa, las peleas de pueblo que hasta ahora se dirimían a navajazos, se resuelven ahora con artillería y morteros, mientras que en Tawargha, una localidad sospechosa de no haberse sublevado contra Gadafi, los milicianos de Misrata han expulsado sin más a todos sus habitantes (30.000, el equivalente a la población de Oleiros o Carballo).

La tortura es, según Amnistía Internacional, sistemática, y se practica con tanta candidez que Médicos Sin Fronteras ha dejado de prestar asistencia en las prisiones al darse cuenta de que les llevaban a presos torturados para que los curasen y así poder seguir torturándolos.

Este caos no es ninguna sorpresa y, aunque siempre que se decide armar a una insurrección alguien advierte del peligro que esto supone para el futuro, es también habitual que se prefiera la inmediatez de una victoria rápida a una oposición más lenta, pero a largo plazo más estable. En Siria, donde ya se está armando a los rebeldes, aunque no se diga abiertamente, estamos asistiendo a la enésima repetición de este principio.

Peligro de desintegración

El peligro de desintegración del país, del que también se advirtió en su momento, es el segundo reto de la nueva Libia. El Gobierno provisional sigue sin ser reconocido por algunas partes del país, Misrata ha convocado sus propias elecciones para una fecha distinta y la región de Cirenaica piensa en hacer lo mismo. La esperanza es que la riqueza del petróleo fuerce a todos a llegar a un arreglo. Las exportaciones de crudo están recuperándose rápidamente tras la guerra (1,3 millones de barriles diarios) y el fin de las sanciones económicas hace prever un crecimiento del 20 % en el 2013, aunque el paro sigue estando por encima del 25 %, lo que explica en gran parte la popularidad de la profesión de guerrillero.

La solución más probable será un acuerdo entre tribus y regiones para repartirse los beneficios del petróleo con un Gobierno crónicamente débil. El nombramiento como primer ministro provisional de Abderahmin el Kib, un experto en comercio de petróleo sin carisma político, parece apuntar en esa dirección. Más que a Somalia, es posible que cuando las cosas se calmen Libia se acabe pareciendo a monarquías islamistas del Golfo, para bien y para mal.

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