Sobre la obra de Tàpies se fueron posando a lo largo de los años varias interpretaciones contrapuestas. La apariencia fácil de sus composiciones frente a la supuesta profundidad de las explicaciones de sus significados. Quizá también pesase, con cierta ironía, que aun siendo una obra informalista alcanzase tan pronto precios tan altos en el mercado. Pero las obras no son responsables ni de las explicaciones de los artistas ni de los precios que la gente está dispuesta a pagar. Las obras deben aguantarse sobre ellas mismas y las de Tàpies se aguantaron toda la vida sobre su decisión de jugar con los signos, de llevarlos desde la invención a las paredes y de hacerlos sobrevivir entre la cada vez más ingente oferta de símbolos. El artista consiguió encontrar una caligrafía que, al mismo tiempo, podía asumir el discurso místico y no renunciar a la capacidad decorativa. Una pintura que incluso podía asumir la mística como un elemento decorativo más de los cuadros. Se hizo con esa pauta y la manejó con convicción y acierto hasta convertirla en marca. También tuvo una vida artística larga y eso consume mucho las intenciones originales. Pero tuvo éxito porque consiguió algo que no todo el mundo consigue: muchos otros artistas haciendo infinitas caricaturas de sus obras.