«Yo no entiendo el carnaval sin ir en la comparsa»

maría conde PONTEVEDRA / LA VOZ

FIRMAS

Cinco meses de preparación para una semana de fiesta

05 feb 2012 . Actualizado a las 06:00 h.

El antiguo colegio de Bora es el cuartel general de la comparsa Amoriños. Desde septiembre, los 60 miembros que participarán en las actividades del entroido preparan en este lugar toda la logística, que no es poca, que conlleva para ellos la fiesta.

Las diez de la noche es la hora de encuentro. En una sala de la planta baja, los miembros de la murga ensayan uno de los temas con los que se presentarán al certamen pontevedrés, en el que se intuye la musiquilla del Mamá dame cien pesetas de la Carrá. En el primer piso, una decena de mujeres se afana en el trabajo en cadena. Unas pegan plumas, otras lentejuelas... Están terminando las pantallas que lucirán ellos en los gorros y ellas en sus espectaculares tocados de fantasía. Hay música de radio para animar y el mejor ambiente. «Lo que te cuesta es venir -señala María-. Yo acabo de salir de trabajar y venir aquí a pegar plumas es cansado. Pero una vez que estás lo pasas bien. Y la semana de carnaval lo compensa, para mí, sin duda. Yo no entiendo el carnaval sin ir en la comparsa, se vive completamente diferente».

Dos décadas

Ella lleva 21 años en Amoriños de Bora, uno menos de los que tiene la agrupación, sin duda la más exitosa dentro del desfile pontevedrés. Nada menos que once primeros premios, el último el pasado año, les avalan. «Para mí esta gente es como mi familia -añade María-. Y el desfile no es lo más importante. Vamos a cenar, estamos por ahí. A mí el desfile se me hace demasiado corto. Y sí, los pies están un poco destrozados al día siguiente, pero se va llevando. Incluso llevamos tacones».

Ahora están con los remates finales, pero aseguran que hasta «bien entrada» la víspera del desfile todavía están manos a la obra. Lo más difícil, cuenta esta integrante de la comparsa, «es sacar la idea». Una vez que se solventa el trámite inicial, cada uno a su tarea. «Los hombres se encargan de soldar y demás y nosotras del trabajo más menudo», explica María. Aquí apenas hay reciclaje de un año a otro: «Las plumas no podemos reutilizarlas, porque no quedan bonitas, solo aprovechamos las espalderas, cada una tiene la suya a medida, y nada más».

Fantasía de 5 kilos

Unas espalderas con las que se sujetan los espectaculares y coloridos atuendos, que entre estructuras y tocado en la cabeza pueden llegar a pesar cinco kilos. Pero tampoco eso echa atrás a ninguna, a pesar de que el recorrido del desfile pontevedrés puede durar varias horas. De hecho, este año hay altas en la comparsa (en la que hay 31 hombres y 29 mujeres con edades que oscilan desde los seis a los 64 años).

Entre ellas Silvia, que siempre tuvo en mente participar en una agrupación de este tipo. «Este año me decidí, y la experiencia está resultando muy bien -señala-. Lo que ya estoy deseando es que llegue. Al principio no, pero ahora ya quieres que sea el día».

Lo más latoso, en su opinión, ha sido el trabajo con las plumas. «Pero me veréis repitiendo, si Dios quiere», advierte. No es extraño que lo diga. Hay cuatro tamaños de plumas y, por ejemplo, solo en las de color azul (hay claro y oscuro), que son las más pequeñas, habrán manejado tres mil cuando terminen su faena.

«Más de una vez piensas en dejarlo -dice José Manuel Corbacho-. Pero al final llevamos veintidós años». Y a buen seguro que seguirán...