Como padre y como ciudadano, si hay algo que me quita el sueño acerca de la educación de nuestros hijos es la constatación de que pasan las generaciones -y los gobiernos- y los españoles continuamos siendo unos analfabetos en idiomas extranjeros. Salvo, claro está, aquellos que disponen del dinero suficiente para enviar a sus retoños a foguearse un año en Inglaterra o en Estados Unidos. La enseñanza bilingüe desde el segundo ciclo de infantil, que el ministro mencionó de pasada ayer -cambiar el enfoque de estudiar inglés por el de «estudiar en inglés», dijo Wert-, debería ser una de las prioridades de la política educativa. Porque los ingenieros que pide Alemania no van allí con el Quijote (o con Follas Novas) bajo en brazo. Y porque ya está bien de hacer el ridículo con presidentes que necesitan un traductor permanentemente a su lado en cuanto cruzan la frontera.
Desde luego, si hay algo que no considero una prioridad es la asignatura de Educación para la Ciudadanía, que tras el baile de siglas en la Moncloa pasará de ser EpC a llamarse ECC. Como tampoco cambiar la estructura de la secundaria y el bachillerato y decir que lo que antes eran 4+2 ahora son 3+3.
Yo apuesto por el sistema chino: ¿De verdad es tan difícil copiar el modelo que tiene éxito en otros países como Finlandia, Corea del Sur o la propia Alemania?