Era un viaje de amigas. Uno más de los que han hecho desde que trabaron amistad sudando a dúo en el polideportivo de San Diego. Por eso, Clara y Soledad, dos vecinas del barrio coruñés de Los Castros, nunca pensaron que sus peripecias acabarían en las portadas de todos los periódicos.
A ellas, como a muchos pasajeros, todo les pilló cenando. «Cuando estábamos a la mitad de la cena empezó a moverse todo, pero como ya nos habían advertido de que el mar iba a estar picado esa noche no le di mayor importancia», explica Clara. «Pero de repente sentimos un golpe tremendo y la gente empezó a tirarse por los salvavidas pero el capitán dijo que era una avería y yo les dije a todos que no pasaba nada», recuerda, haciendo gala de una tranquilidad que, dice, le ha servido para sobrellevar el suceso y tranquilizar a su amiga, que aún ayer estaba en shock por lo sucedido.
Pero el suceso era más grave de lo que les pintaban: «Nos dijeron hasta tres veces que no pasaba nada, pero de repente saltó la alarma y nos empezaron a mandar a las balsas». A partir de ahí, solo recuerda el caos. «Lo que más me afectó fue ver a toda la gente con esa angustia, agolpándose...». Una lucha por la supervivencia que a ella la dejó sin chaleco salvavidas. «Todo el mundo iba con salvavidas menos yo, por eso cuando empezó a bajar la barca, a golpes, porque debía estar oxidada por falta de uso, ese momento se me hizo eterno».
Pero, una vez en tierra, la situación cambia por completo. Clara no tiene más que palabras de agradecimiento para los vecinos de la isla de Giglio, donde las desembarcaron. «Fue impresionante el cariño con el que nos trataron, se desvivieron con nosotros, nos daban de todo, hasta ropa». Unas buenas palabras que hace extensivas a todo el personal de tierra que las acompañó en su periplo de vuelta a Coruña.
Falta de información
Una opinión totalmente diferente tiene del papel del capitán y del resto de los mandos del barco, a los que reprocha que «nos quisieron ocultar que había un problema y deberían haberlo dicho, nos tuvieron con los ojos cerrados». De hecho, recuerda que el día anterior tuvieron la cena de gala «y bajaron el capitán y toda su tripulación, ¿donde estaba esa gente aquella noche?».
Clara, que dice que «no nos hicieron el simulacro de seguridad», recuerda haber escuchado a muchos compañeros de viaje criticar que el capitán estaba «todo olímpico» mirando como se escoraba el barco ya en tierra. Todo lo contrario, dice, de los camareros y del personal de servicio del barco, a los que agradece haber sido los únicos que les indicaron cómo escapar.
Pero ya en tierra, lo que menos le preocupaba era la actitud del capitán. «Lo que más me angustiaba era pensar en mis hijas», dice, y por primera vez en todo el relato rompe a llorar. Allí estaban ya para abrazarla, sus hijas, Cecilia y Gimena.
Ya en casa, Clara no duda de que se sumará a la demanda colectiva que pergeñan los pasajeros del Costa Concordia, «porque perdimos muchas cosas».
Aclara, eso sí, que esta dramática experiencia en su primer crucero, al que llegaron de rebote porque no había plazas en otros itinerarios que habían mirado con anterioridad, no le ha quitado las ganas de repetir: «Claro que sí, estas cosas no pasan todos los días, fue un viaje de un día para otro y mira cómo acabó».
«Nos quisieron ocultar que había un problema,
pero deberían haberlo dicho»