El otro río


Ferrol

Si la punta Frouxeira fuese el hocico de un rinoceronte, el faro sería su cuerno. En el paseo de la mañana observo cómo su priápica silueta blanca y gris se recorta a lo lejos sobre un fondo de polvo azulado, en cuyo horizonte se percibe difuso el cabo Prior, antes de que polvo, mar y cielo se fundan en una pasta algodonosa. La caminata empieza entre higueras -brevas, miguelitos, tal vez martinencos tardíos…- y un seto de sufridos arrayanes podados con ímpetu castrense, que aroman el frescor tempranero del día con notas fieramente vegetales. En el descenso hacia Xende, sucumbo a la ensoñación de que la carretera es un río, y yo un pecio en deriva atropellado por su corriente y avanzando a empellones. Incluso cuando apuro la pina cuesta a la altura de punta Gabeira, sobrepasada la playa de O Rodo y los Illotes, dando ya la espalda a la Chirlateira, la idea del río-senda no se desmorona pese a que mi ascensión quiebra el principio de Newton, que explica la corriente fluvial. En algunas oquedades de las orillas de este imaginario río contemplo informes puntos blancos de papel tisú que el viento ensarta en los tojos. Rescoldos de urgentes y fogosos arrebatos que pudieran alterar el censo poblacional, o el rastro acre de apretones devenidos en abono: las aglomeraciones humanas no siempre cuentan con el higiénico auxilio del señor Roca. Cerca de la playa mínima de A Rochela -un paraíso minúsculo solo al alcance de sujetos osados y con buenas piernas-, llaneo por la pista hacia A Lagoa y abandono la calzada de la costa que ciñe el litoral atlántico hasta el mirador de Paraños y Ladeira, ya en la cuenca del Aviño. Para entonces, el río se ha desvanecido.

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